Resultaba que la llamada que Romeo Ortega acababa de atender, era para usar sus contactos personales y conseguir al mejor doctor posible para la pequeña Reni.
Al escuchar esto, Amaya levantó la mirada hacia él, llena de gratitud:
—Romeo, gracias.
El semblante de Romeo era sereno y su tono de voz, sumamente amable.
—No hay de qué, es lo menos que puedo hacer. Mientras Reni se recupere, eso es lo más importante.
Tras decir esto, giró para mirar a Diego Muñoz. Su rostro recuperó al instante esa frialdad habitual que impedía descifrar cualquier tipo de emoción.
—Tomaremos una decisión cuando el doctor de Aquilinia llegue. Diego, será mejor que vuelvas a descansar para no alterar a Amaya, ahora mismo está muy inestable emocionalmente.
El tono de Romeo fue el de una sugerencia, pero a los oídos de Diego, le pareció un insulto irritante.
No pudo evitar soltar una risa amarga, con los ojos repletos de sarcasmo:
—Romeo, deja de fingir compasión, no seas hipócrita.
—Mientras Amaya y yo no hayamos firmado el divorcio de manera oficial, no tienes derecho a meterte en los asuntos de mi hija, y mucho menos en los de mi esposa.
—Antes decías que yo no sabía respetar los límites, pero me parece que el desubicado aquí eres tú.
Las provocaciones de Diego hicieron que el temperamento de Amaya, que a duras penas se había tranquilizado, volviera a encenderse.
En ese preciso instante, Saúl atravesó la puerta de la habitación.
Amaya levantó la mirada y le hizo una rápida señal con los ojos.
Saúl comprendió la orden de inmediato. Se acercó con grandes zancadas hacia Diego y, manteniendo una postura firme pero educada, le hizo un ademán indicándole la salida:
—Señor Muñoz, por favor. Aquí no es bienvenido.
Diego se quedó sin palabras.
Miró el rostro de Amaya, tan agotado pero lleno de firmeza, y sintió una punzada de lástima en el pecho.
Se sentía impotente y hastiado, pero al final decidió no estallar de rabia.
Estaba bien. Su hija padecía una enfermedad terrible, Amaya debía estar destrozada.
Lo mejor sería no alterarla más en un momento como este.
Diego le dedicó una última mirada profunda a la niña que reposaba en la cama y se dio la vuelta para marcharse.
Al salir por la entrada del hospital, sintió la fría brisa nocturna en el rostro.
No se esperaba aquella jugada de Romeo, ordenando que un médico experto volara de inmediato desde Aquilinia.
—Señor Muñoz, tengo malas noticias que darle.
La voz al otro lado de la línea sonó grave y seria, haciendo que el corazón de Diego se desplomara:
—La policía acaba de emitir un comunicado oficial. Confirmaron que su madre, Josefa Ponce, en complicidad con su hermana, la señora Sonia Ponce, malversaron fondos de las donaciones en la gala de caridad. Están acusadas de abuso de confianza y desvío de recursos. Si la situación continúa así, es muy probable que ambas enfrenten prisión preventiva...
—Le ruego que piense en alguna estrategia, a ver si hay alguna manera de reducir su condena.
Aunque Diego ya suponía que su madre y su tía se meterían en graves problemas por ese asunto.
Escuchar que las encarcelarían fue como recibir un golpe en la cabeza, como si el cielo se estuviera desmoronando a su alrededor.
Apretó el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Guardó silencio por un largo momento hasta que, por fin, cerró los ojos y su voz sonó terriblemente áspera:
—Entendido. Me encargaré de ello.
-
Arrastrando su agotamiento, condujo hasta Villa Jardín del Edén.
No había probado bocado en todo el día; el hambre lo devoraba y le provocaba un dolor punzante en el estómago. Solo quería entrar y pedirle a Eva que le preparara un poco de sopa caliente para cenar.
Pero, al abrir la puerta, se encontró con una mujer de pelo corto llevando un delantal, que salía de la cocina y colocaba un plato en la mesa del comedor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta