—Lo entiendo, gracias por decirme todo esto, señora Chávez.
Amaya respiró hondo, guardando con suma delicadeza la fotografía. Su voz sonaba tenue, pero firme:
—Encontraré la manera de investigar la verdad, descubriré qué fue lo que pasó realmente hace tantos años.
Ximena asintió con determinación al escucharla:
—Bien. Yo te ayudaré a investigar. Durante todos estos años he soñado constantemente con Leonardo; en mis sueños me mira con una tristeza profunda, como si tuviera algo pendiente en este mundo.
—¿Así que mi tío se llamaba Leonardo? —murmuró Amaya.
Ximena asintió suavemente:
—Sí. Tu abuelo se llamaba Cristóbal, tu tío mayor era Luis y tu segundo tío, Leonardo.
...
La información que Ximena le había revelado rondó en la mente de Amaya durante días antes de que pudiera digerirla por completo.
Su primera intención había sido interrogar a su madre, pero al verla tan demacrada y frágil por el esfuerzo de cuidar a Reni en los últimos días, prefirió tragarse las preguntas para no alterarla.
Aquella mañana, Amaya arrastraba sus enormes maletas. Tras dejar un cariñoso beso en la mejilla de Reni, cruzó la puerta de su casa para iniciar su viaje a Aquilinia, donde recibiría el premio.
Llevaba consigo dos maletas enormes. En una iban su ropa y artículos personales; la otra, sin embargo, iba repleta de antojitos caseros y pan dulce que su madre había preparado especialmente para su hermano.
Quería asegurarse de que él volviera a probar los sabores de su infancia.
Durante toda la semana, Beatriz Ibarra no había descansado ni un momento, horneando y cocinando a todas horas para empacar meticulosamente la comida al vacío, acomodando cada paquete en la maleta.
En todos esos años, Amaya siempre había percibido en su madre una fachada de fuerza que ocultaba una profunda oscuridad interior.
La partida de su padre, llevándose a su hermano, había apagado el último destello de luz en sus ojos.


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