La comida de Sofía olía delicioso.
Como Amaya todavía estaba lactando, le preparó una porción aparte sin nada de picante.
Ambas se sirvieron platos generosos y empezaron a comer, platicando y riendo a gusto.
Amaya ya ni recordaba hace cuánto no reía con tantas ganas.
Mientras tanto, Josefa, que había huido de regreso a su coche, no tenía ni una pizca de gracia.
Las semillas seguían atrapadas en sus ojos. Sentía el ojo izquierdo como si le estuvieran quemando con un hierro al rojo vivo.
Desesperada, se tapó el rostro y empezó a gritar histérica:
—¡Me duele! ¡Me muero del dolor! ¡Mis ojos! ¡Me voy a quedar ciega!
—¡Rápido! ¡Sóplale! ¡Sácame esto de aquí!
Lloraba a gritos mientras jalaba de la ropa al chofer, exigiéndole que la ayudara.
Sin embargo, de tanto frotarse, las semillas se habían pegado al ojo. El chofer, al no ser médico, no se atrevía ni a tocarla.
—Señora... creo que será mejor que la lleve a urgencias para que un doctor la revise —sugirió el hombre, al verla al borde del colapso.
Josefa fue trasladada rápidamente al área de urgencias.
Con ayuda del médico, por fin le sacaron los restos de chile, pero tenía el ojo izquierdo rojo e inflamado. Le aplicaron unas gotas y le colocaron un parche con gasas para protegerlo.
Cuando Josefa salió del consultorio, tenía una cara de pocos amigos.
Levantó la mirada y vio a Diego de pie en el pasillo, vestido con una camisa azul oscuro. Su expresión era igual de sombría, seria y claramente molesta.
Diego ya se había enterado de todo con lujo de detalle gracias a una llamada del chofer.
Estaba indignado y profundamente insatisfecho con la actitud de su madre.
No lograba entender por qué su hijo, que ni siquiera quería a Amaya, se empeñaba en defenderla en cada oportunidad y prefería ir en contra de su propia madre por culpa de ella.
La había dejado ahí, con el ojo lastimado, sin una sola palabra de consuelo, solo para advertirle que no se metiera más en sus asuntos.
«¡Qué malagradecido!», pensó Josefa, furiosa. En el fondo, ahora deseaba con más fuerza que nunca que él y Amaya se divorciaran de una buena vez.
En cuanto a su nieta, no le importaba en absoluto. Para ella, esa niña no significaba nada, era solo una carga inútil.
En cuanto su hijo se separara de esa mujer, con su dinero y su buena apariencia, le iban a llover mujeres ansiosas por darle herederos.
***
Aeropuerto de Solsepia. Un avión privado acababa de aterrizar en la pista VIP.
La puerta de la cabina se abrió y, recortado a contraluz, apareció un hombre de figura elegante.
Llevaba una camisa de lino y un pantalón negro que llegaba a los tobillos, acompañados de unos zapatos de piel impecables. Sus facciones eran claras y atractivas; su mirada, cálida pero con un aire de superioridad, parecía guardar una sonrisa discreta. Caminaba con tanta gracia y seguridad que irradiaba pura distinción.

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