Lo que el Grupo Muñoz necesitaba no eran más proyectos, sino flujo de efectivo.
En cuanto esos fondos entraran a sus cuentas, no solo atraparía al Grupo Zaldívar sin esfuerzo, sino que resucitaría todos los proyectos paralizados. Las ganancias del grupo se multiplicarían exponencialmente... Cuando ese día llegara, él volvería a ser el indiscutible rey del mundo empresarial.
Últimamente, Amaya lo había pisoteado hasta dejarlo irreconocible.
Sentía que había perdido su esencia, que ya no era el líder imponente que solía ser.
Pero su ego era gigantesco. No iba a rendirse tan fácilmente.
Tenía que demostrarle a Amaya que seguía siendo poderoso, que podía dominar Solsepia con un chasquido de dedos.
Quería volver a ver en los ojos de ella aquella admiración devota que le tenía en el pasado.
Quizás el divorcio sería el inicio de su renacimiento.
Cuando el dinero estuviera en sus manos y sus empresas brillaran de nuevo, sería el día en que Diego Muñoz volvería a reinar.
De pronto, ya no sentía la necesidad de aferrarse a un matrimonio muerto.
Al contrario, estaba convencido de que, una vez que recuperara su gloria y tuviera a miles de mujeres a sus pies, Amaya lloraría lágrimas de sangre y suplicaría por volver con él.
Respirando hondo para calmarse, y notando el silencio al otro lado de la línea, repitió la pregunta:
—Entonces, ¿cuándo vamos al registro civil?
En la habitación, Romeo ya se había llevado a Reni a otra parte. Amaya estaba recogiendo los juguetes del suelo, con el altavoz encendido.
Al escuchar la prisa en su voz, los labios de Amaya se curvaron en una sonrisa cargada de sarcasmo.
—¿Ya te entró la prisa? ¿Estás desesperado?
—Es un matrimonio que solo existe en papel —respondió él con frialdad—. Mejor acabemos con esto rápido, así tendrás el camino libre para buscarte a otro.
—Te enviaré la factura enseguida. Transfiere ese monto completo junto con mi compensación por el divorcio a mi cuenta bancaria. En cuanto el dinero caiga, firmamos los papeles cuando quieras.
Sin darle tiempo a responder, Amaya colgó la llamada.
Su mirada estaba serena, su corazón no sentía ni una pizca de remordimiento.
Ese amor que alguna vez creyó más valioso que su propia vida, ahora solo le producía cansancio y asco.
La Amaya que creía ciegamente en el romanticismo había sido asesinada por la crueldad de este matrimonio.
Se dio cuenta de que el amor incondicional era una farsa frágil. Lo único real y tangible en este mundo era el dinero en el banco... Aunque, en el pasado, ella era alguien que despreciaba lo material y ponía los sentimientos por encima de todo.
Toda su fe se había hecho trizas.
Mientras miraba por la ventana, abrumada por los recuerdos, sintió una tela suave caer sobre sus hombros. Romeo acababa de cubrirla con un chal.

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