Si Vera se atrevía a meterse con la gente que ella amaba, tenía que darle una lección, o de lo contrario, la muy maldita seguiría pasándose de la raya.
Sentada en la silla, con los ojos muy abiertos, Amaya sentía que cada minuto y cada segundo que faltaba para que aterrizara el vuelo de Sofía era una tortura insoportable.
Instintivamente tomó una manzana de la mesa de centro y la mordió con fuerza, haciendo un ruido sordo y agresivo.
Esa imagen de mujer justiciera a punto de estallar hizo que Romeo, sentado frente a ella, no pudiera evitar sonreír.
Amaya pensó por un buen rato y de repente alzó la mirada hacia él:
—Romeo, ¿qué hace Vera en su tiempo libre? ¿Tiene algún pasatiempo?
Romeo hizo memoria y respondió con voz profunda:
—Aparte de ir de compras y meterse a las clínicas de belleza, le gusta mucho apostar y jugar a las cartas. Creo que no hace mucho más.
Los ojos de Amaya se encendieron como carbones ardientes:
—¡Se atrevió a joderme, y juro por mi vida que me la va a pagar con creces!
—A partir de hoy, haré que le roben cuando vaya de compras, que le destrocen la cara cuando vaya a la clínica, ¡y que le tiendan trampas y la dejen en la calle cuando juegue al póker!
—¡Voy a hacer que su vida sea un maldito infierno!
Romeo se quedó atónito. La malicia y la frialdad de sus palabras lo tomaron por sorpresa durante unos segundos.
—¿Estás... estás segura?
—¡Por supuesto! Yo no me meto con nadie que no se meta conmigo, ¡pero si cruzan la línea, los destruyo!
—¡Si quiere jugar a arruinar vidas, yo le enseñaré cómo se juega de verdad!
—No voy a dejar que se muera, ¡pero haré que desee estar muerta cada segundo de su existencia!
Amaya no era de las que solo ladraban.
Tan pronto como soltó la amenaza, sacó su teléfono y empezó a hacer llamadas a todos sus contactos.
En cuestión de una hora...


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