—Pero me está temblando el ojo izquierdo. ¿Y si pasa algo malo?
Dante se golpeó el pecho con arrogancia.
—¿Estás dudando de mi capacidad? Tranquila, mi reina, una vez en Trinidad, yo soy el que manda. Ni siquiera un mosquito puede escapar de mis manos, mucho menos...
Antes de que Dante pudiera terminar la frase, una voz desesperada se escuchó de fondo:
—¡Jefe, hay problemas!
Dante frunció el ceño:
—¿Qué clase de problemas? ¡Habla claro!
—¡La chica aterrizó, pero nos bloqueó de todos lados! ¡No nos contesta y no la vimos salir por ningún lado! ¿Qué hacemos?
¡La información llegó clarísima a través del teléfono para que Vera la escuchara!
La sangre le hirvió y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡¿Qué demonios significa esto?! ¡¿Cómo que se les escapó?!
—Dante, ¡¿no me acababas de jurar que no había forma de fallar?! ¡¿Cómo es posible que pase esto?!
—¡Tranquilízate! —Dante también estaba atónito y furioso—. ¡Voy a averiguar qué carajos pasó! ¡Te devuelvo la llamada en un segundo!
Dante colgó el teléfono. Se levantó de golpe, pateó la mesa de centro y tiró todo al suelo.
Levantó la mano y le soltó una bofetada brutal a su secuaz, haciéndolo sangrar.
—¡¿Para qué diablos les pago?! ¡¿La tienen en Trinidad y la dejan ir?!
—¡Muévanse! ¡Comuníquense con la gente del aeropuerto y exijan que me la entreguen! ¡Si no lo hacen, saben de lo que soy capaz!
Dante estaba furioso a más no poder.
Acababa de jactarse de su poder frente a Vera y en un segundo le habían callado la boca de un bofetón.
Durante los últimos años, su red había secuestrado a incontables personas en Sudamérica y jamás habían fallado ni una sola vez.

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