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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 710

Una de ellas se había colgado encima todo el oro y la plata posibles, desesperada por dejar en claro que era de la alta sociedad.

La otra exhibía un ostentoso collar de joyas preciosas y brazaletes a juego, dejando claro que a ella le sobraba la riqueza.

Frente a semejante derroche visual, el sencillo traje blanco de Amaya resultaba un atuendo demasiado puro.

Vera recorrió a Amaya con una mirada cargada de desprecio de pies a cabeza, y luego se cubrió la boca para soltar una risita maliciosa.

—Te lo dije. Seguramente vio el éxito de mi hermano y vino corriendo a suplicar que la acepten de nuevo.

—Lástima que esa puerta ya está cerrada para ti, Amaya. Lo pasado, pasado está. Mejor lárgate, no te humilles más en público.

Saúl, incapaz de tolerar tanta insolencia, le lanzó a Vera una mirada que parecía cortar como el hielo.

—A nuestra Ami no le hace ninguna gracia estar aquí esta noche. Vino únicamente porque sus obligaciones no le dejaron otra opción.

—¡Si continúan soltando veneno, tendrán que atenerse a las consecuencias!

Vera, quien ya había sufrido la ira de Saúl en el pasado, se encogió de hombros, aterrorizada, y cerró la boca.

Sin embargo, Valeria Zaldívar no se dejó intimidar y le devolvió una mirada feroz a Saúl.

—¡Vaya, qué tono tan arrogante!

—¡Está claro que vino arrastrándose porque se arrepintió, pero todavía intenta aparentar dignidad!

—¡Tsk, tsk! ¿Obligaciones? Por favor, el mundo no va a dejar de girar porque no estés. ¡Amaya, te crees demasiado importante!

Amaya se mantuvo impasible, observándolos a todos con una frialdad implacable. En su interior no sentía ni una pizca de furia, solo una densa y profunda aversión.

En el pasado, cuando amaba a Diego, siempre lo había visto a través de un lente idealizado. Confundía su soberbia con elegancia y su desprecio con nobleza.

Pero ahora que ese filtro se había hecho añicos, solo veía a un hombre patético y superficial.

Había acudido a ese evento con la única intención de darle una bofetada a su ego.

Guardó el secreto de su identidad solo para disfrutar de la expresión de pánico absoluto en sus rostros cuando descubrieran quién era realmente.

Ante las burlas y el veneno que le lanzaban, Amaya solo percibió el absurdo de la situación; su interior estaba en total calma.

Sonrió con tranquilidad, se cruzó de brazos y habló con una seguridad inquebrantable.

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