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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 76

La mirada de Romeo pasó por encima de ella y se detuvo en el bebé que la niñera sostenía en brazos. Un destello de ternura asomó por fin en el fondo de sus ojos fríos.

Se acercó, tomó al niño de los brazos de la mujer y lo acunó contra su pecho. Tras observarlo un momento, no pudo evitar fruncir el ceño.

—¿Por qué sigue durmiendo? ¿Es que nunca se despierta?

Desde que regresó al país, apenas había visto a Mateo despierto. Cada vez que iba al cuarto a verlo, el bebé estaba profundamente dormido.

La niñera murmuró con timidez:

—Señor, la mayoría de los bebés son así cuando están muy pequeños. Se la pasan durmiendo, es... es muy normal.

«¿Normal?».

Romeo se lo cuestionó mentalmente, pero no dijo nada más. Solo frunció el ceño y le devolvió a Mateo a la niñera.

Se dio la media vuelta y caminó hacia la puerta. Durante todo ese tiempo, ni siquiera había mirado a Diego a la cara.

Ellos eran grandes amigos, habían crecido juntos.

De niños, hacían equipo cada año en las pruebas de campo de los campamentos de verano.

Habían practicado supervivencia en la naturaleza, deportes extremos y hasta habían viajado juntos a la sabana africana para presenciar la gran migración animal.

Cuando estaban fotografiando animales en África, una cobra fijó su atención en Romeo. Fue Diego quien, con una rápida reacción, usó la pequeña ballesta de su mochila para clavarle dos flechas en el cuello a la serpiente.

Las flechas le atravesaron la garganta y mataron a la cobra al instante. Le había salvado la vida.

Años más tarde, durante el momento más crítico de una negociación comercial internacional, sus rivales jugaron sucio y contrataron a un sicario para asesinar a Diego en el lugar.

Romeo se dio cuenta a tiempo y, en el momento del ataque, jaló a Diego hacia él con rapidez.

La bala se desvió y le rozó la oreja. Todo quedó en un gran susto, pero hasta el día de hoy, Romeo conservaba una cicatriz muy visible en la oreja derecha por el roce del proyectil.

Se habían salvado la vida mutuamente; su lealtad estaba forjada a fuego.

Para Diego, Romeo era, sin duda, como un hermano de sangre.

Pero en ese momento, al ver cómo se alejaba, se dio cuenta de algo alarmante. ¿Desde cuándo se habían vuelto tan distantes? ¿Tan distantes como para estar en la misma habitación y ni siquiera saludarse?

—Romeo.

Capítulo 76 1

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