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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 78

—Yo no tengo nada que esconder. Siempre mantuve mi lugar y en ningún momento tuve intenciones de pasarme de la raya. ¡Lo juro por lo más sagrado!

—De verdad que no lo puedo creer. Que Amaya piense eso de mí, vaya y pase. ¡Pero que tú, mi hermano de toda la vida, te dejes envenenar y dudes de mis principios!

Romeo no soportó escuchar más. Se levantó de golpe, observando a Diego con frialdad:

—Por lo visto, hasta el día de hoy sigues sin darte cuenta de cuál es el verdadero problema.

—Déjalo así. No hay peor ciego que el que no quiere ver. No tiene caso que sigamos hablando de esto.

Romeo ya no quería seguir discutiendo; le parecía una absoluta pérdida de tiempo.

Se dio la vuelta para salir, pero escuchó a Diego gritarle por la espalda con resentimiento:

—¡Romeo! ¡Dime cuál es mi maldito error, carajo! Te ayudé a cuidar a Vera durante todo su embarazo, ¡incluso me quedé día y noche velando su cuarentena!

—No le he cambiado ni un pañal a mi propia hija. No le he dado el biberón ni una vez, ¡ni siquiera estuve ahí cuando nació! Pero a tu hijo, yo fui el primero en cambiarle el pañal. Fui yo el que le dio de comer, el primero en cargarlo cuando salió de la sala de partos. Hasta le organicé un festejo por su primer mes de vida por todo lo alto.

—¡Traté así de bien a tu mujer y a tu hijo, y me lo pagas tratándome como a un enemigo! Dime, Romeo, ¿desde cuándo te volviste igual de terco e irracional que Amaya?

Diego ya estaba bajo los efectos del alcohol, así que aprovechó para sacar de su pecho toda la frustración que tenía acumulada.

Se sentía víctima de una gran injusticia. Si de verdad hubiera pasado algo sucio entre él y Vera, habría asumido la culpa, pero no era así. Jamás había tenido intenciones de otro tipo con ella.

¿Cómo es que las cosas habían terminado en este desastre?

Era insoportable sentir que no importaba lo que dijera o hiciera, nadie iba a creer en su inocencia.

Romeo detuvo su andar. Ya no quería decir nada, pero escuchar eso le resultaba bastante molesto.

Sin voltear a verlo, le respondió con un tono cortante e indiferente:

—Ahí radica el problema, Diego.

Resulta que ese día, Sofía y Amaya habían llevado a la niña a bañar a una piscina para bebés.

Diego apoyó la barbilla en su mano y observó una y otra vez las manitas y los pies gorditos de su hija. Una sonrisa de amor paternal se dibujó en su rostro sin que pudiera evitarlo.

Esa carita era idéntica a la suya: los ojos expresivos, la nariz afilada y la piel clara. La boca era igualita a la de Amaya: pequeñita, como de muñeca. Iba a ser una belleza. De grande, seguro tendría a todos a sus pies.

Vio el video decenas de veces. Sentía tanta ternura que moría de ganas de atravesar la pantalla para estrechar ese cuerpecito suave entre sus brazos.

¡Por cierto! Su hija aún no tenía nombre oficial. Con todo el caos de esos últimos días, se le había olvidado por completo un detalle tan importante.

¿Cómo dijo Amaya que quería ponerle? ¿Renata?

Ese nombre no le gustaba para nada. Como su padre, tenía la obligación de elegir uno que sonara bonito y con clase.

Se le quitaron las ganas de seguir tomando solo. Salió de la cava y, en cuanto llegó a Villa Jardín del Edén, se fue directo a su estudio.

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