Amaya cerró los ojos por un instante. Una punzada de dolor y decepción se asomó de inmediato en su rostro.
—Con tener a Reni es más que suficiente para mí. Ningún hombre vale la pena como para volver a pasar por el mismo infierno.
La plática de pronto tomó un tono muy melancólico, pero Amaya decidió guardarse el resto.
Todos decían que, durante el parto y la recuperación, el amor y el apoyo de un marido eran el mejor remedio para sobrellevar el dolor.
Era el momento más insoportable, tortuoso y difícil en la vida de una mujer; cuando más vulnerable se sentía y cuando más atenciones necesitaba.
Pero ella no tuvo a nadie a su lado. Había soportado toda esa etapa infernal sola, sin ningún apoyo.
Pasara lo que pasara, no iba a perdonar a Diego mientras estuviera viva.
Sofía escuchaba la historia boquiabierta. La encargada de la tienda, que estaba ayudando a Amaya con la ropa, también soltó un suspiro de simpatía:
—Es muy cierto —comentó la mujer—. Sea parto natural o cesárea, el dolor es horrible. Tratar de ir al baño la primera vez después de dar a luz es una experiencia tan espantosa que te hace dudar de tu propia existencia.
Sofía se tapó la boca, impresionada.
—¡Ay, por favor! De escucharlas se me quitaron las ganas de tener hijos. ¡Está cañón!
La encargada soltó una carcajada de resignación:
—Por eso siempre digo que, sin importar cuánto te diga tu hombre que te ama antes de tener al bebé, son puras palabras vacías. Lo que verdaderamente vale la pena es que te siga cuidando y queriendo cuando ya te vio hecha un desastre y con toda la figura arruinada.
Varias mujeres de la tienda, entre empleadas y clientas, se sintieron identificadas con el tema y, poco a poco, empezaron a meterse en la plática para dar su opinión.
Una clienta empezó a presumir sobre la dedicación de su esposo:
—El mío fue justo así. Cada vez que iba al baño él me ayudaba a limpiarme... Hasta se comía lo que yo dejaba de la comida. Siempre me daba masajes en las piernas, me ayudaba con el sacaleches...
De inmediato, otra clienta intervino:
—¡Sí, el mío también se portó de maravilla! En toda mi cuarentena no pasé ni una sola noche en vela. Mi marido se paraba a la madrugada a darle el biberón a la bebé. En cuanto ella lloraba, él iba y la cargaba para dejarme dormir tranquila.
—A la niñera la contraté con mi dinero y esta ropa me la compré porque puedo y porque quiero.
—Si tengo dinero para parir por mi cuenta, para pagarle a alguien que me cuide a mi hija y para consentirme en lo que yo quiera, ¿para qué necesito a un esposo? ¿Para darme puros dolores de cabeza?
La entrometida se quedó muda por el comentario de Amaya. Quería discutirle, pero no le salían las palabras.
Amaya repasó a la mujer con indiferencia:
—Si tú tienes al esposo del año, entonces con el amor basta. Pero como mi marido está prácticamente muerto para mí, no me queda de otra más que depender de mí misma y la verdad, no me va nada mal. ¿Acaso mi felicidad siempre tiene que depender de un hombre? Yo me puedo hacer muy feliz sola, ¿no crees?
Sofía pensó que los comentarios inoportunos la iban a bajonear, pero no pudo evitar asombrarse. Su amiga ya había dejado esos traumas en el pasado y hasta le había aventado los problemas en la cara a la insolente sin el más mínimo esfuerzo.
Sofía estaba tan orgullosa que levantó los pulgares para felicitarla. Iba a hablar cuando, de repente, una voz melodiosa y firme interrumpió la escena:
—Excelentes palabras. Las mujeres que no necesitan colgarse de los hombres para ser exitosas, siempre serán las más dignas de admiración.

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