La noche se alargó hasta la madrugada.
Fue solo cuando Romeo vio que Amaya no podía mantener los ojos abiertos, cabeceando de puro cansancio, que al fin decidió dejarla descansar.
Se quedaron abrazados y, en cuestión de minutos, ambos cayeron en un sueño profundo.
Para Amaya, ese fue el sueño más reparador y largo que había tenido en muchísimo tiempo.
Durmió resguardada en los brazos de Romeo y no despertó sino hasta cerca del mediodía del día siguiente.
Ahora que finalmente habían intimado, la dinámica entre ambos se sentía completamente distinta.
Cuando Amaya abrió los ojos y vio a Romeo, su mirada estaba impregnada de una ternura que antes mantenía oculta tras su fachada profesional.
Mientras se arreglaban para empezar el día, un gran alboroto provino del primer piso.
Amaya bajó las escaleras y se encontró con Ximena Chávez, quien entraba acompañada del chófer y dos asistentas, todos cargados de bolsas y cajas.
Aunque Brisa del Río siempre había sido la casa de Romeo, antes solo vivía él.
Como típico hogar de soltero, la casa estaba prácticamente vacía; faltaba de todo.
Ximena no había pegado el ojo en toda la noche. Apenas regresó del hospital, se dedicó a organizar todo lo que Amaya y Romeo necesitarían para su nueva vida juntos.
Su hijo había pasado por muchísimas dificultades y cargaba con el peso de un matrimonio anterior desastroso.
Ahora que por fin había encontrado la felicidad y se había casado con la nuera perfecta, Ximena no cabía en sí de la emoción.
Desde el momento en que se enteró de que habían firmado los papeles, su corazón no había dejado de latir a mil por hora.
Ella era el tipo de madre tradicional, de esas que viven por y para sus hijos.

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