—Estaría mucho mejor si se me echan encima; a lo que le tengo miedo es a que Diego siga fingiendo que me trata bien, como lo está haciendo ahora, solo para atrasar el divorcio.
La mirada de Amaya se volvió fría. La actitud actual de Diego no le daba ni un gramo de compasión, al contrario, solo le generaba repulsión.
—¡Si decide irse por las malas y enfrentarme directamente, qué mejor! ¡Así le voy a sacar la custodia de mi hija y voy a pelear todos y cada uno de los derechos que le corresponden a ella!
El divorcio iba a ser una batalla dura, y Amaya ya estaba más que lista. Con todo y que ahora contaba con el respaldo de sus influyentes amigos, incluso sin ellos, estaba dispuesta a arriesgarlo todo con tal de darles pelea.
Estaban platicando de eso cuando, de pronto, dos sombras apuradas irrumpieron en la habitación. Enseguida se escucharon voces cargadas de angustia:
—Sofi, mi bebé, deja que mamá te vea. ¿Dónde te lastimaste?
—Mi niña hermosa, ven a darle un abrazo a tu papá. ¡Ay, Dios mío, tu carita preciosa por poco y queda marcada!
Boris Vargas y Liliana Vargas, los papás de Sofía, entraron a toda prisa a la habitación.
Tan pronto cruzaron la puerta, se abalanzaron directo hacia ella; se pusieron uno de cada lado, le tomaron las manos y empezaron a revisarla con tremenda angustia. Esa imagen de padres sobreprotectores reflejaba cómo se les partía el corazón al ver a su tesoro lastimada.
Amaya, al presenciar esa escena, sintió un nudo en la garganta y una punzada de culpa. Se hizo a un lado discretamente y se quedó en silencio, observando cómo la familia de tres se cuidaba y demostraba su cariño.
Sofía sonreía radiante:
—No pasa nada, es solo un rasguño. Si no me creen, me bajo de la cama ahorita mismo y doy unos brincos para que vean.
—¡Por supuesto que no! ¡Tú te me quedas ahí bien acostada! ¡No vayas a cometer una locura!
—De verdad, qué bárbaro, ¡a plena luz del día y en el garaje del edificio atacando gente! ¡Ahorita mismo voy a demandar a la administración y a los guardias! ¡Qué horror!
—Tu papá venía llore y llore en el avión de lo preocupado que estaba. Bien dicen que los hombres no lloran tan fácil, yo nunca lo había visto así.
Amaya se sintió todavía peor al escuchar sus comentarios; apenas quiso abrir la boca para dar una explicación cuando Sofía le lanzó una mirada sutil.
Sofía abrazó a sus papás por los hombros sin borrar su sonrisa, feliz como una niña:
—Ya está, es una cosa de nada y ustedes armando un relajo. Véanme bien, ¿no ven que estoy enterita?

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