Escuchar a Santiago exigirle que le pidiera perdón a Luciana fue la gota que colmó el vaso. Todo le pareció una broma de mal gusto. El hombre con el que había compartido su vida los últimos cinco años le resultaba un completo extraño.
En un instante, toda emoción desapareció de sus ojos. Sin decir una sola palabra, le dio una última mirada helada a Santiago, dio media vuelta y salió de la casa.
A sus espaldas, logró escuchar la voz de Santiago consolando a Luciana con infinita dulzura.
—Luciana, perdóname, no quería que pasaras un mal rato. Yanira no suele ser así, siempre es muy dócil. Debe estar pasando por un mal momento y por eso está de ese humor.
Los pasos de Yanira se detuvieron por un segundo. Una sonrisa sarcástica y dolorosa se dibujó en sus labios. Bajó la mirada, ocultando el dolor y la humillación.
*Claro. Como siempre fui dócil y complaciente, él creyó que tenía el derecho de regalar mis cosas y pisotear mi dignidad cuantas veces quisiera.*
*Ya que le gusta tanto regalar lo mío, que se quede también con él.*
Dentro de la casa, Luciana respondió con su habitual voz de mártir.
—No te preocupes, Santi. Te entiendo... Trabajas demasiado. Al menos me consuela saber que Yanira te cuida muy bien en casa, ¿no es así?
Santiago suspiró, sintiéndose incomprendido.
—Si tan solo ella fuera tan madura y comprensiva como tú...
Luciana se acercó a él, rodeó sus hombros con delicadeza, como si estuviera respetando una línea invisible, apoyó la cabeza contra la suya y murmuró.
—Santi... qué vida tan difícil te ha tocado.
El cuerpo de Santiago se tensó por un instante, pero no la apartó.
Tras salir de la casa, Yanira encendió su auto. Condujo un par de cuadras en piloto automático antes de recordar qué era lo que tenía que hacer.
¡Necesitaba un vestido para la gala! Buscó su celular y, de pronto, recordó algo: meses atrás, Santiago le había mencionado que le había encargado un vestido de alta costura a medida como sorpresa.
Le dijo que estaba guardado en la boutique, esperando a que ella fuera a probárselo cuando quisiera.
En su momento, ese detalle la había hecho llorar de felicidad. Ahora, viéndolo en retrospectiva, seguramente había encargado tantos vestidos para Luciana que pedir uno extra para ella no le había costado nada.
Yanira soltó una carcajada seca, dio vuelta en U y se dirigió hacia la boutique. No importaba de dónde viniera, si podía usar ese vestido, le salvaría la noche.
Santiago había ido por la tarde a recoger el vestido nuevo, se lo había entregado a Luciana y, aun así, tuvo el descaro de permitir que ella usara el vestido del aniversario de Yanira frente a sus propias narices.
Si Luciana ya tenía un vestido exclusivo pagado por Santiago, ¿qué necesidad había de que usara el de ella? Era una simple y llana humillación.
Yanira se sintió como la protagonista de un circo barato. Era la burla de todos.
Al ver lo pálida que estaba, la empleada preguntó con preocupación.
—Señorita, ¿se siente bien?
Yanira reaccionó y forzó una sonrisa temblorosa.
—Estoy bien... gracias.
Salió de la boutique a trompicones. El viento frío del inicio del otoño le golpeó el rostro. Se quedó de pie en la acera, viendo el mar de autos y luces frente a ella, y de repente, sintió que el mundo daba vueltas.
Se dejó caer al suelo, abrazando sus rodillas. La asfixia la atrapó desde todos los frentes, como si unas manos invisibles le estuvieran ahorcando el cuello.

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