Las palabras de Vera hicieron reaccionar a Doña Leonor. Si su hijo no estuviera de acuerdo, era absolutamente imposible que Vera lo obligara a tomarse las fotos para el acta y a firmar los papeles en el registro civil.
—¿De verdad están casados legalmente? La otra vez en la oficina no pude ver bien el documento. ¿Te importaría mostrármelo?
La expresión de Doña Leonor se suavizó un poco.
Vera apretó los labios.
—Los papeles no los tengo yo. Él tiene ambas copias bien guardadas.
Doña Leonor se quedó estupefacta. ¿Su hijo se había quedado con ambas libretas?
Mírelo por donde se mire, eso parecía la actitud de un hombre aterrorizado de que su esposa se arrepintiera y pidiera el divorcio.
Recordando la forma en que Hugo había defendido a Vera frente a Patricio en la oficina, la sospecha de que su hijo había sido el que suplicó por este matrimonio se volvió cada vez más fuerte.
—Mamá, ya te lo dije. A mi hermano le fascina mi cuñada. Te preocupas por nada.
Isadora daba sorbos a su té cuando, de pronto, recordó que habría una reunión de la alta sociedad en unos días.
—Cuñada, pasado mañana hay una reunión de señoras en casa. ¿Por qué no vienes? Ya estás casada con mi hermano, es hora de que te dejes ver en estos eventos.
Vera iba a rechazar la oferta por instinto, pero entonces escuchó a Doña Leonor murmurar:
—Creo que la organiza tu Tía Paula, ¿verdad?
Una alerta se encendió en la mente de Vera. ¿Paula Pérez también estaría ahí?
—Me parece perfecto. Tengo la agenda libre. Además, la boda fue tan repentina que nuestras familias aún no se han presentado formalmente. Esta es una buena oportunidad para reunirnos.
Doña Leonor frunció el ceño, confundida. ¿Acaso no acababa de cruzarse con la Señora Jiménez de Ayala en la puerta?
Estaba a punto de preguntar sobre la peculiar relación entre ellas cuando el celular de Vera sonó. Parecía una emergencia.
—Te dejamos para que atiendas tus asuntos. Isadora y yo nos retiramos.
Doña Leonor planeaba interrogar a fondo a su hijo. Haber venido a encarar a la chica había sido un impulso imprudente.
—¿Cuántos laboratorios necesitas, Diego? Tengo doce en total, todos con equipo de última generación. Pero disponibles para rentar... solo puedo ceder cinco.
Mientras venía en camino, Vera ya había reajustado la distribución de los proyectos de su equipo, exprimiendo el espacio al máximo para liberar cinco salas. Era su límite.
—¿No se pueden rentar los otros siete? —Diego frunció el ceño, preocupado—. Trajimos a un grupo numeroso de estudiantes de medicina de la familia Jiménez. Para que el desarrollo del nuevo fármaco avance, necesitamos arrancar con al menos diez laboratorios en simultáneo.
Vera negó con la cabeza. Estaba a punto de explicar las razones cuando Alfredo se puso de pie abruptamente.
—¿Sigues enojada con la familia por lo de Ofelia? Hoy mi madre y ella fueron a buscarte, ¿verdad? ¿Cuándo piensas regresar a casa?
Para Alfredo, no existía un conflicto real entre su familia y Vera. En su mente, todas las acciones pasadas de ella eran simples berrinches de una niña caprichosa que exigía atención.
Ahora que sus padres y hasta Ofelia se habían humillado dándole la oportunidad de reconciliarse, esperaba que ella dejara de actuar como una inmadura.
Al recordar que Vera había obligado a Ofelia a disculparse mientras su padre estaba en los separos, los ojos de Alfredo se oscurecieron.
—Gran parte de los investigadores de CFT están en la sede central en el extranjero. Si te niegas a liberar esos siete laboratorios, ¿es porque sigues intentando chantajear a Ofelia para que te pida perdón?

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