Al escuchar a Ofelia armar su enésimo drama victimista, Diego sintió tanta pereza que ni siquiera se molestó en responderle. Simplemente dio media vuelta y se marchó.
Ofelia rompió a llorar, y Alfredo, sintiendo que se le encogía el corazón al verla así, corrió a consolarla.
Como resultado de este incidente, cuando Diego intentó contactar a Vera más tarde para hablar sobre los laboratorios, se produjo un quiebre definitivo entre los primos.
—Yo me haré cargo de los estudiantes de la familia Jiménez. Conseguí contacto con un laboratorio nuevo. El equipo no es tan avanzado como el del Consorcio Castillo, pero sigue siendo de primer nivel internacional —anunció Alfredo.
Al escuchar eso, Diego se quedó en silencio por unos segundos.
—Entonces... ¿me estás dejando fuera de esto?
—Sí —respondió Alfredo con frialdad, aunque luego intentó justificarse—: Todo lo que Ofelia sufrió en su infancia la volvió muy sensible e insegura. No es culpa de ella. La familia Ayala tiene una gran deuda con mi hermana, y no voy a permitir que siga sufriendo desprecios.
Diego soltó una carcajada amarga.
—Perfecto. Haz de cuenta que todo lo que te dije el otro día me lo inventé. Si tú no quieres reconocer a Vera como tu hermana, yo sí la reconozco como mi prima. No me meteré con tus estudiantes de medicina, pero tú no vuelvas a meterte en los asuntos de los Jiménez.
El interés inicial de Diego en los laboratorios era, en parte, porque había investigadores de su propia familia que necesitaban el espacio.
Ahora que solo debía preocuparse por su propia gente, solo necesitaba tres laboratorios.
Eso sería mucho más fácil de negociar con Vera.
Ajena por completo a la ruptura entre ellos, Vera seguía inmersa en su rutina agotadora. Pasaba días y noches enteras encerrada en el laboratorio de CFT Global y salía a altas horas de la madrugada.
—Hoy saliste un poco más temprano —comentó Hugo.
Él iba a recogerla todas las noches sin falta. A veces incluso se quedaba dormido en el auto esperándola.
Aunque Vera le había insistido en que no era necesario, él aparecía siempre, lloviera o tronara.
—Sí... me siento un poco mal. Además, prometí acompañar a tu madre a esa reunión mañana, así que decidí terminar antes hoy.
La voz de Vera sonaba apagada y un poco congestionada.
—¿Te enfermaste? —preguntó Hugo con evidente preocupación—. Es solo un evento de señoras. Si no vas, no pasa nada. Yo me encargo de hablar con mi madre.

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