Ofelia volvió a hinchar el pecho de orgullo. ¿Qué importaba si Vera se había casado con el Señor Heredia?
Dentro de la familia, el que tenía la última palabra seguía siendo Don Ernesto.
La mirada de Hugo se oscureció.
—Tío Ernesto, usted...
—La familia Heredia tiene sus reglas, y los Castillo también tenemos las nuestras.
Doña Elena de Castillo salió de entre la multitud, caminando con elegancia y aplomo hasta situarse junto a Vera. En sus ojos había un claro destello de inconformidad.
—La joya de nuestra familia no se casó con un Heredia por interés o buscando colgarse de su apellido. Nuestra Vera nunca busca problemas ni humilla a nadie. Pero si alguien la provoca y no está de acuerdo con ella, que venga a discutirlo con nosotros, sus padres. Si se atreven a tocarla o lastimarla, que les quede claro que la pared de nuestra casa llena de medallas y reconocimientos no está de adorno.
Doña Elena alzó una ceja, desafiando a Don Ernesto con un aura imponente.
Don Ernesto frunció el ceño ligeramente. ¿Desde cuándo Vera Ayala tenía relación con la familia Castillo?
—No me gustan este tipo de eventos, pero ya que estoy aquí, aprovecharé para presentarla.
Doña Elena tomó a Vera del brazo con mucho cariño y se dirigió a las señoras y señoritas de la alta sociedad:
—Vera Ayala es mi ahijada, la compañera de estudios de mi hijo y la joya indiscutible del Consorcio Castillo.
Al terminar, giró la cabeza para mirar a Doña Leonor de Heredia.
—Hoy vine precisamente por el matrimonio de estos dos chicos. Se casaron de repente. Aunque Hugo es brillante y su familia es la más poderosa de Ciudad Luzara y del país entero, nuestra Vera no se queda atrás. Es la última protegida de nuestro maestro y en nuestra casa la criamos como a una verdadera hija.
»Además, Vera es muy joven. Apenas tiene veintitrés años. A su edad, muchas chicas aquí todavía están en la universidad. Ella ya tiene dos títulos de excelencia en el extranjero y es...
—Madrina —Vera bajó la cabeza como si estuviera avergonzada y la interrumpió suavemente.
Cuantas menos personas supieran sobre sus bienes y empresas en el extranjero, mejor. Así evitaría que un enjambre de hipócritas viniera a buscarla por interés.
Doña Elena captó la indirecta y dejó de enumerar sus logros.



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