Vera declinó educadamente la oferta de Hugo y se marchó pidiendo un taxi por su cuenta.
—Señor, la señorita Ayala acaba de publicar un anuncio buscando un departamento en alquiler.
El asistente personal de Hugo sostenía su teléfono, a la espera de instrucciones.
—Encárgate de eso. Pero hazlo sin que ella se dé cuenta de que fuimos nosotros —ordenó Hugo, con la mirada fija en el saco de diseñador que Vera había dejado a un lado, y un sutil destello de diversión en los ojos.
El asistente parpadeó, un poco desconcertado.
—Pero, señor, la señorita busca un lugar pequeño, de una o dos habitaciones como máximo. Usted no tiene propiedades de ese tamaño a su nombre.
Hugo frunció el ceño y lo miró como si fuera evidente.
—¿Y acaso no puedes ir a comprar uno?
—Sí, de inmediato, señor.
Esa misma tarde, Vera recibió un mensaje invitándola a visitar un departamento.
Aunque el lugar no encajaba exactamente con lo que buscaba, pues tenía tres habitaciones, el departamento estaba impecable. Era tan nuevo que parecía que nadie lo había pisado jamás. Además, el precio era sorprendentemente razonable y, lo más importante, el arrendador aceptó su cláusula de poder rescindir el contrato en cualquier momento.
Vera no lo dudó y firmó los papeles al instante. Acto seguido, se dirigió a una concesionaria de lujo para ver un auto.
Si planeaba quedarse en Ciudad Luzara por un tiempo, moverse sin un vehículo propio sería una pesadilla. Era la oportunidad perfecta para revisar el regalo que había enviado al país antes de su llegada.
—¿Vera Ayala?
Un hombre salió de la sala VIP de la agencia. Vera giró al escuchar su nombre; no esperaba encontrárselo precisamente allí.
—Santiago.
Vera no mostró ni una gota de entusiasmo. Él no había asistido a su fiesta de compromiso.
No sabía si estaba demasiado ocupado o si simplemente estaba dejando clara su posición frente a la familia.
Pero ella había crecido creyendo que eran hermanos de sangre, y compartían recuerdos imborrables. Aunque ahora estuviera en guerra con sus padres adoptivos, siempre intentó salvar su relación con Santiago.
Para Vera, Santiago Ayala había sido su mayor figura de protección durante la infancia.
Cuando los niños de la escuela se burlaban de ella, siempre era Santiago quien salía a defenderla a golpes si era necesario.
Dio un paso hacia él, pero solo recibió una mirada cargada de repulsión.
—No me hables con tanta familiaridad. ¿Quién crees que eres? A estas alturas ya deberías tener claro cuál es tu verdadero lugar.
Vera frenó en seco. Cualquier intento de reconciliación en sus ojos fue reemplazado al instante por una sonrisa gélida.
—Entiendo. Así que el gran Santiago Ayala ya no me considera su familia.
—Ofelia es mi única hermana de sangre. Tú no eres más que una ladrona que le usurpó la vida durante diecisiete años. Te exijo que te ubiques —escupió Santiago, levantando su teléfono celular. Estaba en medio de una videollamada.
En la pantalla, apareció el rostro complacido de Ofelia.
—Vera de verdad es peor que una maldición. Ya no le basta con acosar a mamá, a papá y a Patricio, sino que ahora tiene el descaro de venir a molestarte a ti —la voz chillona de Ofelia resonó por el altavoz de la agencia.
—No te enojes, Ofelia. Tú eres mi única hermana. ¿No me dijiste que querías un auto deportivo? Precisamente por eso estoy aquí, para comprarte el mejor.

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