Ofelia se sintió muy inteligente tras decir eso, y se dirigió a las cámaras con altivez:
—Este sujeto de seguro es un matón que Vera pagó para colarse en la lista de competidores. Nunca nadie había escuchado hablar de él en este país. ¡Mi hermano es el verdadero campeón!
Vera esbozó una leve sonrisa. Aunque parecía tranquila, cualquiera podía notar el filo de su sarcasmo.
Sus palabras de inmediato encendieron la furia de los fanáticos en las gradas.
—¿Matón colado? ¿De qué rancho salió esta ignorante que ni siquiera sabe quién es el Dios Rossi?
—¿El campeón? ¡El Dios Rossi tiene tantos trofeos internacionales que ni siquiera él presume de ser el mejor! ¿Con qué cara viene ese tal Santiago a decir estupideces?
Cualquiera que asistiera a una carrera de ese nivel amaba el automovilismo con pasión. Rodrigo Rossi no solo era un piloto profesional, era una superestrella. Tenía millones de fanáticos.
Todo el lugar estalló en abucheos e insultos. Santiago, viendo que la situación se salía de control, apretó los dientes y soltó un gruñido.
—Me disculparé.
Santiago tragó saliva y caminó hacia los periodistas. Estaba a punto de abrir la boca cuando un grupo de personas interrumpió la escena.
—¿Qué pasa, Santiago?
Un grupo de hombres con actitud desafiante, vestidos con los uniformes de un club de carreras, se abrió paso a empujones.
—Rodrigo Rossi, ¿cuándo regresaste al país?
Una mujer enfundada en un vestido ajustado de cuero dio un paso al frente y dijo con voz autoritaria:
—¿Acabas de llegar y ya te pones a intimidar a mi gente? Hazme el favor. Lo que tengas que resolver, hazlo en privado. No hace falta montar un espectáculo.
Los ojos de Ofelia brillaron de inmediato.
—¡Doña Renata! ¡Cuánto tiempo sin verla!
Renata Valerio era una de las mujeres más influyentes de la alta sociedad. Al verla, Ofelia sintió que la vida le volvía al cuerpo.
Vera, por su parte, sabía exactamente quién era.
No porque la hubiera visto antes, sino por los rumores.
Renata era la prometida oficial de Rodrigo. Una alianza comercial pactada entre la familia Valerio y los Rossi.
—Renata, no te metas... —comenzó Rodrigo, pero Vera lo tomó del brazo.
—Hermano, deja las cosas así.
Vera no sabía por qué Renata estaba defendiendo a Santiago, pero con las cámaras encima, no podía permitir que Rodrigo se peleara con su propia prometida por su culpa.
Si eso pasaba, los chismes la devorarían viva.
—No me quedaré a la premiación. Ya me voy.

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