Mientras Hugo Heredia llevaba a Vera Ayala en brazos cuesta arriba, ella no dejó de contarle anécdotas de sus vivencias en el extranjero.
—Recuerdo otra vez que me intentaron secuestrar. Tuve que saltar al mar y pensé que era mi fin.
Relataba sus antiguas tragedias con tanta soltura que a Hugo se le partía el corazón.
Para intentar que él se relajara, Vera habló durante casi todo el trayecto. No fue hasta que vio las luces del campamento que se apoyó por completo en el pecho de Hugo y se quedó dormida.
Cuando volvió a despertar, ya estaba en el hospital.
Desde el pasillo exterior de la lujosa habitación, se filtraba la voz de Mateo Castillo, aunque intentaba mantenerla baja.
—Sabiendo que la niña acababa de sufrir un accidente el día anterior, ¿cómo te atreves a llevarla a la pista de carreras? ¿Ya olvidaste lo que le pasó a nuestra pequeña cuando competiste antes? ¿Qué tienes en la cabeza?
—Y tú —continuó Mateo—, ¿por qué no entraste con ella? ¿Qué hacías afuera?
—Desgarro en el omóplato, contusiones abdominales, múltiples cortes y un esguince severo en el tobillo. Qué buen trabajo hicieron los dos. Llegué apenas unos días tarde, ¿y así me la cuidan?
Vera sostenía el suero con una mano, ya que no podía levantar la otra debido al desgarro.
Avanzó cojeando hacia la puerta. En el instante en que la abrió, el silencio reinó afuera.
—¿Te desperté?
Hugo iba a acercarse para tomar el suero, pero tras recibir una mirada fulminante de Mateo, se quedó quieto, obediente.
Mateo tomó el suero mientras la miraba con preocupación y la ayudaba a regresar a la cama.
—Tu tobillo está muy mal, procura no caminar. En un momento haré que suban una silla de ruedas.
Vera negó con la cabeza, restándole importancia. Lo que más le interesaba era saber qué había pasado con el secuestro.
—¿Atraparon a esos hombres?
Mateo apretó los labios y adoptó un semblante muy serio.
—Atrapamos a unos siete u ocho fuera del recinto, pero el grupo de la montaña logró escapar.
—No es gente cualquiera. El conductor del camión y el del auto accidentado solo tenían en común que ambos estaban hundidos en deudas por millones de pesos, pero...
Mateo miró a Hugo y, tras pensarlo un momento, añadió:
—Déjame la investigación a mí. Tú enfócate en recuperarte.


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