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Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca romance Capítulo 148

Hugo Heredia se quedó de una pieza, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.

Sin embargo, al toparse con la mirada de Vera Ayala, apretó los labios y trató de salvar su dignidad.

—Mejor así, al fin y al cabo, solo somos socios comerciales.

Aunque las palabras le salieron con firmeza, por dentro sentía que se desmoronaba.

No quería ser un simple socio comercial. Deseaba con toda el alma escuchar un «te quiero», incluso si fuera una farsa.

Pero ella ni siquiera le concedió el consuelo de una mentira.

—No te preocupes, Señor Heredia, no lo olvidaré.

Vera soltó un suspiro de alivio en cuanto Hugo regresó al interior de la habitación.

Reconocía que empezaba a sentir algo por él, pero todavía no lograba descifrar el papel que había jugado Paula Pérez en el asunto de su intercambio al nacer. Si todo era un simple malentendido, se solucionaría fácilmente; pero si no...

Vera sabía que, tarde o temprano, se enfrentaría a la Tía Paula. Si se involucraba demasiado sentimentalmente con Hugo, terminaría con el corazón dividido, causándole dolor a él y complicando las cosas. Por eso, prefería mantener una línea clara desde el principio.

Si Hugo pudiera leer su mente, estaría rebosante de alegría.

Lástima que no podía.

Él solo podía hacer las maletas con el corazón encogido, hasta que, a la mitad del proceso, reaccionó.

—Mateo dijo que no debías salir del hospital todavía... —comentó en voz baja, con el ánimo por los suelos.

Vera apretó los labios.

—No le avises. Solo llévame de regreso.

Hugo asintió. Su pesadumbre se evaporó de golpe en el momento en que la tomó en brazos para subirla al auto.

Poder abrazar a su mujer hacía que el día entero valiera la pena.

Sin prestarle atención a los repentinos cambios de humor de Hugo, Vera se acomodó en el asiento y se concentró en mandar mensajes desde el celular.

—¡Ay!

En una frenada, el hombro lastimado de Vera rozó el respaldo. Fue un golpe tan leve que normalmente habría pasado desapercibido, pero para su articulación herida, fue como si le hubieran dado un puñetazo.

Frunció el ceño tratando de ocultar el dolor y siguió tecleando con el rostro impasible, como si no hubiera sido ella la que soltó un quejido.

Hugo no dejaba de mirarla. Debido a la gran cantidad de topes reductores de velocidad en la zona, notaba cómo los labios de Vera se quedaban pálidos por el sufrimiento, y aún así, fingía que todo estaba perfecto.

A Hugo se le oprimió el pecho de verla así.

—Deja el celular por ahora.

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