Dentro de la Corporación Heredia.
Las luces de todo el edificio estaban apagadas. Solo el último piso emitía un resplandor tenue, casi devorado por las luces de neón de la ciudad.
Hugo Heredia estaba sentado en su silla con los ojos cerrados.
A su lado, Sebastián Soler subió un poco más el volumen del monitor que transmitía en tiempo real desde las cámaras del restaurante.
En la pantalla, Vera estaba hablando con Patricio.
—No me interesa jugar a la exnovia que se vuelve la amante. Tampoco he olvidado la malicia y el maltrato verbal que me has lanzado desde que regresé al país.
Vera, de hecho, estaba agradecida por esos seis años en los que Patricio la acompañó. Él había sido uno de sus pocos anclajes emocionales cada vez que extrañaba su hogar.
Solo Patricio lograba hacerle sentir que todavía pertenecía a la familia Ayala, haciéndole creer que sus padres y sus hermanos mayores no la habían olvidado.
Pero las acciones recientes de Patricio habían consumido hasta la última gota de afecto que quedaba entre ellos.
—Ahora soy la Señora Heredia.
Al escuchar estas palabras, Hugo, quien se sentía como un intruso despreciable por escuchar a escondidas, no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios.
Por un lado, sentía asco de sí mismo por espiar desde las sombras, pero por otro, no podía controlar el ligero aleteo de alegría en su pecho.
«¿Señora Heredia?»
Patricio se puso de pie, con los ojos inyectados en sangre, pero no se acercó. Solo se quedó mirando a Vera fijamente.
—La primera vez que te asaltaron, tomé un vuelo directo al extranjero a las tres de la mañana y te acompañé un día entero.
—Cuando recién te fuiste y no soportabas la comida de allá, aprendí a cocinar para ti; todavía tengo la cicatriz de la quemadura en la mano.
—Y además...
Patricio relató con desesperación cada uno de los sacrificios que hizo durante esos seis años.
Finalmente, gritó con todas sus fuerzas: —¡Fui yo, Vera! ¡Fui yo quien te acompañó seis años, seis malditos años, no Hugo! ¿Por qué te casaste con él? Si es por la herencia de los Heredia, yo también puedo pelearla. O si es por otra cosa, ¡dímelo! ¡Dímelo!
Vera se quedó en silencio.
Todo lo que decía Patricio era cierto. En el pasado, él había sido increíblemente bueno con ella.
Incluso, él fue su única motivación en las múltiples ocasiones en que estuvo a punto de rendirse.
Pero...
Hugo encendió un cigarrillo tras otro. Se sentía demasiado codicioso.
Quería demasiado.
Pasó de desear que Vera notara su existencia, a querer entrar en su vida.
Y ahora, incluso, intentaba ganarse un poco de su amor.
Hugo soltó una carcajada amarga; pensar que al principio su única intención era protegerla.
«Fue mi culpa por querer demasiado.»
Hugo sentía un nudo en la garganta, pero solo se culpaba a sí mismo.
El hombre al que todos consideraban inalcanzable, ahora se escondía a solas en su oficina, aterrorizado de mirar su teléfono y muerto de miedo al imaginar de qué seguirían hablando Vera y Patricio.
Solo se atrevía a ocultarse en las sombras, hundido en su silla, mostrando una vulnerabilidad y una angustia que jamás había dejado ver.
Desde la puerta, Sebastián lo pensó un momento antes de tocar.
—Señor Hugo, ¿hoy va a ir a recoger a la señora para llevarla a casa? Llevé todas sus medicinas al departamento del centro. Ella no sabe esto, y si regresa a la mansión, no tendrá sus remedios...—

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca