En el interior de la villa de la familia Ayala, Vera Ayala estaba en el baño, limpiando la ropa que había sido empapada con el vino tinto.
El espejo reflejaba su figura: esbelta y elegante, con un aura de inalcanzable frialdad.
Levantó la vista para mirarse en el espejo, y en sus ojos brilló un destello afilado y gélido.
Vera cerró los ojos un instante, curvó lentamente los labios hasta formar su habitual sonrisa dulce e inofensiva, y se dio la vuelta para salir.
Al verla salir, Pandora Jiménez de Ayala habló de inmediato.
—Todo es culpa mía. Cuando supe la verdad de todo esto, no tuve el corazón para dejar que te apartaras de la familia Ayala; después de todo, eres la niña que crie con mis propias manos. Pensé que sería difícil manejar la situación si se hacía un escándalo, así que nunca lo anuncié públicamente.
La señora Jiménez se reprochaba a sí misma, con los ojos llenos de culpa.
Sentía que le había fallado tanto a Vera, su hija adoptiva, como a Ofelia, su hija biológica.
—Mamá, qué tonta fuiste —la recriminó Ofelia—. Si yo no hubiera dicho la verdad hoy en la fiesta de compromiso, quién sabe qué tan feas se habrían puesto las cosas entre nuestras dos familias cuando los Heredia se enteraran.
Pandora balbuceó, moviendo los labios nerviosamente:
—Ayer quería contarte todo esto, Vera. Pero te vi tan feliz que no tuve el corazón para decírtelo. Además, tú y Patricio se conocen desde niños, y hay sentimientos entre ustedes...
—¿Sentimientos? En cuanto dije que ella era una impostora, Patricio se dio la media vuelta y se fue. Si no fuera por el prestigio de la familia Ayala, ¿crees que Patricio habría salido con ella? —replicó Ofelia con voz afilada.
Vera las ignoró; se sentó en el sofá, se preparó un té y luego preguntó:
—Si mi identidad, mi relación y mis lazos familiares son falsos, entonces, ¿cuál es la verdad? Si no soy la hija de la familia Ayala, ¿quién soy?
A Ofelia le hirvió la sangre al ver su actitud. ¡¿Con qué derecho seguía tan tranquila?!
—¡Eres una maldita usurpadora! Hace años, mi mamá tuvo un accidente automovilístico y la obligaron a operarse en una clínica de un pueblo pequeño. En el hospital fueron muy claros al decir que mamá solo había dado a luz a un bebé, a mí.
Terminó de hablar y rodó los ojos con furia.
—Tu verdadera madre era una obrera muerta de hambre. Esa mujer desalmada me intercambió contigo en secreto y luego, como no quería mantenerme, me tiró a un basurero. Si no hubiera hecho eso, ahora mismo estarías abrazada a ella reconociéndola como tu madre.
Vera bajó ligeramente la mirada.
Es decir, nadie en la familia había hecho una prueba de ADN para comprobar si ella tenía algún lazo de sangre con ellos o no.


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