Ninguno de los hermanos Ayala conocía a fondo la situación legal de la farmacéutica. Desde su perspectiva, Vera simplemente estaba resentida por perder sus acciones y había planeado todo por despecho.
Ese mismo día, Santiago Ayala reunió a un grupo de amigos. Al enterarse de que Vera visitaría la Zona de Obra CFT, no dudó en presentarse ahí.
—Santiago, ten cuidado, este es un proyecto de CFT Global en asociación con la familia Heredia... —le advirtió uno de sus amigos, intentando usar la lógica.
Santiago soltó una carcajada burlona, arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato.
—¿Y qué? A lo mucho, Vera es una simple empleada de logística en CFT Global. Y la familia Heredia es aliada de los Ayala. ¿Qué me importa esa cualquiera? ¿Por qué debería temerle?
Con el rostro deformado por la rabia, Santiago lideró a su grupo hacia la zona de construcción. Alguien a su lado, aún asustado, trató de persuadirlo de nuevo.
—Santiago, antes te llevabas bien con Vera. No hay necesidad de llegar a estos extremos. Después de todo, fue tu hermana durante muchos años.
—¡Puf! Mi única hermana es Ofelia.
Mientras Vera se daba la gran vida consumiendo manjares exquisitos, Ofelia pasaba tanta hambre que desarrolló anemia, y al principio de regresar a la mansión Ayala, se desmayaba a cada rato.
—¡Vera Ayala no es más que una ladrona que le robó la vida a Ofelia!
Santiago escupió con desprecio, y sus amigos no tuvieron más opción que asentir torpemente.
Mientras tanto, Vera supervisaba el terreno.
—Deben ser muy cuidadosos. Aunque tenemos que cumplir con los plazos, la seguridad de los trabajadores es lo más importante.
Justo cuando terminaba de dar las instrucciones, Santiago irrumpió con su gente.
—Largo de aquí todos. Mientras yo esté presente, hoy no habrá ningún tipo de trabajo.
Vera frunció el ceño. Tras meditarlo un segundo, se dirigió a los capataces.
—Lleven a los trabajadores a revisar los materiales y aseguren la zona. Yo me encargo de esto.
El capataz asintió, aunque, sintiéndose intranquilo, dejó a dos hombres cerca de Vera por si acaso.
Vera se acercó, pero antes de llegar, Santiago la apuntó con un tubo de acero.
—Vera, lo de la farmacéutica lo hiciste a propósito, ¿verdad?
—Apenas acabo de regresar al país. ¿Qué poder crees que tengo? —Vera arqueó una ceja. Un fraude fiscal de cientos de millones de pesos, ¿cómo podrían vincularla con algo de esa magnitud?
—Te paseas con relojes a medida y tienes tarjetas VIP exclusivas. Apuesto a que todo ese dinero lo sacaste de la farmacéutica. Si alguien debería estar tras las rejas, eres tú.
Santiago se enfurecía más a cada segundo. Su padre había llegado de la comisaría el día anterior insultando a Vera, llamándola víbora desagradecida, y era evidente que estaba fuera de sí.
Pensando en eso, balanceó el tubo de acero en sus manos.
—Escúchame bien. Arrodíllate, pídeme perdón y te prometo que hoy te dejaré en paz.
En el instante en que Santiago alzó el tubo, Vera retrocedió por instinto.


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