Cuando Vera salió de la estación de policía, notó que el auto de Hugo estaba estacionado en la puerta.
Era fácil de reconocer, ya que era el mismo modelo que ella había comprado al regresar al país.
—¿Cómo supo el señor Heredia que estaba aquí?
Vera estaba genuinamente sorprendida; después de todo, estaban en San Miguel.
—Yo me encargué de asignarte a tu chofer.
Hugo no tenía intención de ocultarlo. Que ella supiera que el chofer era de su entera confianza también jugaba a su favor.
Vera comprendió de inmediato y, de pronto, recordó el asunto de su residencia.
—No me digas que mi departamento también es propiedad tuya.
Hugo giró ligeramente el rostro, evitando confirmarlo.
Temía que Vera pensara que era un acosador.
Pero, con solo ver su reacción, ella supo que había acertado.
—Gracias, señor Heredia. Me ha ahorrado muchos dolores de cabeza desde que regresé. —Vera estaba de excelente humor, se llevó la mano a los labios y le lanzó un beso coqueto en el aire.
Había que admitir que la intervención de Hugo le había facilitado enormemente las cosas en el país.
Por un fugaz segundo, Hugo sintió que le arrebataban el alma. Solo reaccionó cuando el chofer tosió discretamente.
—Y esta pulsera... —Hugo hizo una pausa, mostrándose inusualmente cauteloso—. Es un regalo de mi hermana. Dijo que seguramente te quedaría preciosa. Ella tiene una exactamente igual.
Vera recibió el obsequio y, levantando la vista con una sonrisa juguetona, preguntó:
—¿Es tradición en la familia Heredia dar regalos caros a la primera provocación?
—Puedes considerarlo mi propia tradición.
La voz de Hugo sonaba profunda, cargada de un magnetismo que hacía latir el corazón a mil por hora.
Vera lo evaluó con una mirada pensativa, logrando que Hugo sintiera una ligera inquietud.
—Sube al auto primero. No es seguro que regreses sola.
Era evidente que la policía local no mantendría detenido a Nicanor por mucho tiempo. El asunto terminaría catalogándose como una disputa económica, lo que significaba que Vera podría sufrir un «accidente» en su camino de regreso.
Vera aceptó la oferta. Durante el trayecto, para matar el aburrimiento, abrió la caja de la pulsera.
Sin embargo, no lograba abrochársela con una sola mano. Hugo, tras observarla de reojo un par de veces, extendió sus manos de inmediato.
—Isadora tiene buen gusto. Esta pulsera realmente resalta tu belleza.
Vera, en efecto, se había llevado un buen susto. Los accidentes de tráfico le despertaban oscuros traumas del pasado.
—Tu brazo...
Vera observó su brazo de reojo. Él no había dudado un segundo en usar su propio cuerpo para protegerla.
Recordó que, hace unos años, cuando Patricio la visitó en el extranjero, también tuvieron un frenazo brusco. En aquella ocasión, Patricio se pasó todo el camino gritándole e insultando al chofer.
En su juventud, pensó que esa reacción era una demostración de amor. Ahora, en retrospectiva, se daba cuenta de que solo era pura inestabilidad emocional.
—Al menos las horas en el gimnasio sirvieron de algo —bromeó Hugo, restándole importancia.
Vera lo miró, y un sentimiento cálido y desconocido echó raíces en su corazón.
***
Gracias a la denuncia de Vera, la evasión fiscal de la farmacéutica de la familia Jiménez salió a la luz.
El hermano de Nicanor fue arrestado, la fábrica fue clausurada por investigación y, por efecto dominó, las empresas de Nicanor entraron en una profunda crisis.
Mientras Alfredo estaba saturado lidiando con las auditorías, Nicanor recibió la orden de suspender cualquier transacción comercial. Cuando la noticia llegó a oídos del segundo hermano, Santiago Ayala, este pateó una silla con furia.
—Esa maldita víbora... Veo que la última vez fui demasiado blando con ella y se le subieron los humos. ¡Cómo se atreve a intentar hundir a nuestro padre!

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