Alfredo empezó a reevaluar a la persona que tenía frente a él, alguien a quien creía conocer a la perfección.
—No quiero andarme con rodeos. La Corporación Ayala está en problemas, y técnicamente yo soy la informante. En este momento crítico, lo mejor para ambos es que nos veamos lo menos posible.
Con esas palabras, Vera terminó de hablar y dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Come con calma, yo me encargo de la cuenta.
Se levantó dispuesta a irse, pero Alfredo frunció el ceño y la detuvo con la voz.
—¿Hiciste esto a propósito para destruir a papá?
Vera detuvo su andar, giró la cabeza y le lanzó una sonrisa enigmática.
—Alfredo, ¿sabías que papá intentó obligarme a asumir el puesto de representante legal de la empresa?
Alfredo se tensó al instante. Era evidente que no estaba al tanto de los planes de su padre.
Al ver su reacción, Vera decidió no apresurarse hacia la salida.
—Papá dijo que si me tragaba toda la culpa, seguiría siendo reconocida como hija de la familia Ayala una vez que saliera libre. Revisé las leyes. La evasión fiscal de la farmacéutica es tan descarada que exige la pena máxima.
Su mirada, aunque serena, recayó sobre Alfredo con el peso de una losa.
—Con el título vacío de «señorita Ayala» querían comprar siete años de mi libertad. Y como me negué, intentaron obligarme a firmar a la fuerza. A pesar de eso, le dejé una salida. Creo que fui más que considerada.
Tras decir esto, Vera agitó la mano a modo de despedida. Alfredo era lo suficientemente inteligente como para captar la amenaza oculta: ella tenía el arma para destruirlos.
Si la familia Ayala estaba dispuesta a agachar la cabeza, los dejaría en paz.
Pero si se empeñaban en jugar rudo, le daría a Nicanor un regalo inolvidable.
Alfredo se levantó de golpe.
—El asunto de los contratos...
Pero su voz se apagó a mitad de la oración. Aunque en el fondo reprobaba los métodos de su padre, el daño ya estaba hecho. Decir algo más no cambiaría nada.

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