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Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca romance Capítulo 45

Vera llegó a la comisaría con la Carta de Indulto. Antes de oficializarla, era la única autorizada para ver a Nicanor.

En el instante en que él la vio entrar, todo rastro de abatimiento desapareció de sus ojos. La ira y la humillación acumuladas estallaron en su interior, ardiendo como un incendio descontrolado.

—¿Tú? ¿A qué viniste? ¿A burlarte de mí?

Vera dejó la Carta de Indulto sobre la mesa y cruzó las manos con total elegancia.

—Si quieres salir de aquí hoy mismo, firma esta declaración frente a los oficiales. Promete por escrito que jamás volverás a traer matones para intentar lastimarme.

Incluso decir esas palabras le parecía una ironía cruel. Legalmente aún eran padre e hija, pero la situación había degenerado a un nivel grotesco.

Nicanor la fulminó con la mirada, tragándose su orgullo. No estaba dispuesto a pasar ni un segundo más en esa celda, y además, la angustia por su familia lo carcomía.

Tomó una bocanada de aire y masculló entre dientes:

—Bien. Lo haré.

Firmaron la garantía y el indulto casi al mismo tiempo. En cuanto terminó, Vera dio media vuelta para irse.

—¡Vera Ayala! ¡Después de lo que has hecho, olvídate de volver a pisar la casa de la familia Ayala!

Nicanor jadeaba pesadamente, con los ojos inyectados de odio.

Vera sonrió con ligereza, encogiéndose de hombros y agitando la mano con absoluto desdén.

—Solo es la familia Ayala, ¿de verdad crees que me importa un comino?

Nunca había deseado su dinero o estatus. Cuando regresó al país llena de ilusión, lo único que buscaba era el amor de una familia.

Pero aquel regreso estuvo plagado de conspiraciones y traiciones. Los Ayala quisieron usarla como tapete para limpiar el camino de Ofelia.

Y ahora, tras haber estado a punto de mandarla a prisión, ¿qué quedaba en esa casa que valiera la pena añorar?

Vera salió de la comisaría, y Pandora corrió hacia ella con evidente desesperación.

—¿Dónde está tu padre?

—¡Yo no soy su padre!

Nicanor apareció justo detrás, con la voz cargada de repulsión.

Vera esbozó una media sonrisa. Su mirada, afilada como una cuchilla, contrastaba con su aparente calma.

—Cuando trataste de mandarme a la cárcel lo hiciste sin el menor remordimiento. Y ahora, por pasar solo un par de días encerrado, ¿me odias a muerte?

Pero Nicanor no estaba dispuesto a escuchar razones. Para él, Vera era la encarnación de la maldad pura.

—¡Lárgate de aquí! ¡Desaparece de mi vista ahora mismo!

Nicanor señaló hacia la calle. Si no estuvieran en la puerta de una delegación policial, seguramente le habría dado una lección a golpes.

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