Vera estaba sentada en el restaurante. Sostenía el vaso de agua que le había traído el camarero, pero no bebía; tenía la mirada clavada en la ventana.
—Este es el café de cortesía de la casa.
El camarero de la mascarilla le entregó un café caliente, y Vera le agradeció con educación.
Oculto en las sombras, Hernán esbozó una sonrisa morbosa al ver cómo daba un sorbo.
—En cuanto se desmaye, sáquenla por la puerta trasera.
Vera esperó un largo rato, pero Valeria no apareció. Frunció el ceño, intentó ponerse de pie, pero sintió que su cuerpo no le respondía.
—¿Se encuentra mal? Acompáñenos a descansar un momento.
El camarero se acercó para ayudarla, pero Vera endureció el rostro.
—No me toques.
Ya se había dado cuenta: el café estaba adulterado.
Ese restaurante era una trampa.
Vera intentó correr hacia la salida, pero Hernán se cruzó en su camino con semblante lúgubre.
—Reaccionaste rápido, pero ya es muy tarde.
La cabeza le daba vueltas a Vera; todo su cuerpo estaba débil, y apenas podía mantenerse en pie.
—Vera Ayala, en la preparatoria te creías intocable, y sigues igual de arrogante. Vamos a ver si después de esto sigues sintiéndote superior.
Hernán y el camarero, simulando ayudarla, comenzaron a arrastrarla a la fuerza hacia la salida trasera.
Vera se mordió el labio inferior con todas sus fuerzas hasta que la sangre empezó a brotar.
Sus ojos destellaron con furia, y antes de que los dos hombres pudieran notarlo, sacó el cuchillo de mesa que había logrado ocultar entre su ropa.
—Aléjate.
Con un rápido tajo, Vera cortó levemente el cuello del amigo de Hernán, quien se llevó las manos a la herida, temblando de pánico.
¿Desde cuándo Vera era tan peligrosa?
Hernán también se asustó y la soltó por instinto, retrocediendo.
Al ver cómo sostenía el cuchillo con destreza, su expresión se ensombreció.
Vera era una experta en artes marciales.
—Lárguense ahora mismo y haré como si nada de esto hubiera pasado.
Vera se apoyó en una mesa cercana. Su mente se iba nublando, sintiendo que no podría aguantar mucho más...
Hernán la fulminó con la mirada, sonriendo de manera repugnante mientras se acercaba.
—Unos años sin verte y ahora resulta que eres una fiera. Perfecto, últimamente es justo lo que yo prefiero.
Extendió la mano para tocarle el rostro. Vera intentó defenderse por instinto, pero los efectos de la droga le impedían usar su fuerza.

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