Miranda sonreía mientras sostenía el cuchillo para cortar el enorme pastel de bodas.
Las luces del salón iluminaban los cristales, la orquesta interpretaba una melodía elegante y cientos de invitados observaban a la nueva pareja con sonrisas y aplausos.
A su lado estaba Joaquín Kirland, el hombre con el que acababa de casarse.
Era el heredero de la familia Kirland, una de las dinastías empresariales más poderosas del país.
Aquel matrimonio no había nacido del amor, sino de una alianza entre dos familias influyentes.
Miranda lo sabía desde el principio. Aun así, llevaba años enamorada de Joaquín en silencio. Había aceptado aquel contrato con la ingenua esperanza de que, con el tiempo, pudiera conquistar su corazón.
Respiró hondo y levantó la vista hacia él.
Él permanecía impecable con su traje negro, tan elegante como distante. Su expresión era serena, casi imposible de descifrar.
Justo cuando ambos estaban a punto de cortar el pastel, la enorme puerta del salón se abrió de golpe.
—¡Joaquín!
La voz femenina atravesó el lugar como un trueno.
Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Una mujer vestida completamente de rojo caminó hasta ellos con paso decidido. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto.
Antes de que alguien pudiera detenerla, arrebató el cuchillo del pastel y apoyó la afilada hoja contra su propio cuello.
Los invitados soltaron gritos de espanto.
—¡Dios mío!
—¡Está loca!
—¿Quién es esa mujer?
Miranda sintió que el corazón le daba un vuelco.
No entendía qué estaba ocurriendo.
La desconocida no apartaba los ojos de Joaquín.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Entonces... ¿de verdad te casaste con otra? —preguntó con la voz quebrada—. ¿De verdad dejaste de amarme?
El silencio cayó sobre el salón.
Entre los invitados comenzaron a escucharse murmullos.
—Es Daniela...
—¿No era ella la asistente de Joaquín, que decían que era una amante?
—¿Qué está pasando?
Las palabras fueron suficientes para que el rostro de Miranda perdiera el color.
Sintió cientos de miradas clavarse sobre ella.
La felicidad que había sentido unos segundos antes desapareció por completo.
Miró a Joaquín buscando una explicación.
—¿Qué... qué significa todo esto?
Pero antes de que él respondiera, Daniela giró hacia Miranda y levantó el cuchillo en su dirección.
—¡Cállate!
Su mirada estaba llena de odio.
—La tercera en esta historia eres tú. La amante eres tú. Yo soy la mujer que Joaquín ama... tú solo eres la esposa que su familia eligió.
Aquellas palabras atravesaron a Miranda como un puñal.
Por un instante, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Volvió a mirar a su esposo. Esperaba que la negara.
Esperaba que dijera que aquella mujer estaba loca.
Esperaba cualquier cosa.
Sin embargo, Joaquín permaneció inmóvil.
Su mandíbula se tensó apenas un instante antes de dirigir la mirada hacia Daniela.
Su voz sonó fría, firme y autoritaria.
—Daniela... mírate.
Ella rompió a llorar.
—No...
—Observa dónde estás. Esta es mi boda con Miranda.
Él hizo una breve pausa.
—Ahora soy un hombre casado.
Daniela negó desesperadamente.
—¡No! ¡No puedes hacerme esto!
Por primera vez, una sombra de dolor cruzó el rostro de Joaquín, aunque desapareció casi al instante.
—Todo terminó el día en que elegiste marcharte con otro hombre.
Las palabras parecieron romper a Daniela por dentro.
Su cuerpo comenzó a temblar.
—¡Joaquín! ¡Todavía te amo!
Él cerró los ojos apenas un segundo antes de levantar una mano.
—Llévensela.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, CEO... quiero el divorcio