En el hospital
Joaquín permanecía de pie frente al cristal de la habitación.
No entró. Solo observaba.
Daniela estaba inconsciente, recostada en la cama blanca del hospital. Su rostro pálido contrastaba con las vendas que rodeaban sus muñecas. Respiraba con dificultad, como si incluso el sueño le costara.
Por un instante, algo se movió en el pecho de Joaquín.
Culpa.
No debería estar aquí.
Y, sin embargo, estaba.
Porque ella le había salvado la vida.
El recuerdo regresó sin permiso. El incendio en la empresa. El humo espeso tragándose los pasillos. El caos.
Un enemigo había intentado matarlo aquel día.
Él había logrado sacar a sus empleados uno por uno, ordenando la evacuación entre gritos y alarmas, pero el edificio colapsó demasiado rápido.
Demasiado tarde.
Joaquín cayó antes de llegar a la salida.
Y en medio del fuego, alguien lo encontró.
Una mujer.
Daniela. La mano que lo arrastró fuera de las llamas fue la misma que, horas después, le sostuvo la vida entre los dedos.
No pidió dinero. No pidió reconocimiento.
Solo pidió una cosa. Ser amada por él. Y él… aceptó.
Porque en aquel momento, salvarle la vida le pareció suficiente razón para intentar quererla.
Pero la culpa no duró. Se rompió. Como todo lo demás.
La imagen apareció con fuerza en su mente. Daniela en una cama de otro hombre.
Sus manos enredadas en las de alguien más. Su voz jurando algo que no era para él.
La traición. Justo cuando él había estado dispuesto a dejar su compromiso de infancia por ella.
Joaquín cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, la culpa había desaparecido.
Solo quedaba hielo.
—La traición no se perdona —pensó.
Y él nunca hacía excepciones.
El médico lo sacó de sus pensamientos.
—¿Va a sobrevivir? —preguntó Joaquín sin emoción.
El doctor asintió de inmediato.
—Está fuera de peligro. El corte fue superficial. Fue más un intento de… llamar la atención.
Joaquín no respondió.
Solo observó un segundo más a Daniela.
Luego giró.
—Manténganla estable.
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