Miranda lo miró con ojos severos, ocultando un dolor indescriptible en su interior.
Contra todo pronóstico, una sonrisa amarga y orgullosa se dibujó en sus labios.
—Ya que me compraste, debiste pensarlo mejor, señor Kirland. Seré tu esposa solo de nombre. En el segundo en que mi familia pague esa deuda, me iré.
Joaquín soltó una carcajada fría mientras la veía subir las escaleras con la espalda recta.
Sin embargo, cuando se quedó solo en la inmensa sala, la risa se desvaneció.
Comenzó a beber. Un vaso tras otro, sin control. Sentía una rabia ardiente por el engaño de Daniela, pero al mismo tiempo, una extraña amargura le corroía el pecho al haber arrastrado a Miranda a ese infierno.
Después de todo, Miranda siempre había sido una joven amable y dulce; jamás le había alzado la voz.
Recordó cómo ella solía visitarlo en la corporación, llevándole almuerzos preparados por ella misma, incluso cuando él la rechazaba con frialdad y la dejaba esperando por horas.
Mientras tanto, en la habitación, Miranda lloraba inconsolable sentada al borde de la cama.
Su sueño de formar una familia feliz se había destruido en cuestión de horas.
Era verdad que este matrimonio nació de un frío acuerdo financiero, pero ella, inocente y ciega de amor, creyó que sus sentimientos serían suficientes para ablandar el corazón de Joaquín. Qué estúpida había sido.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
Joaquín entró tambaleándose ligeramente. Estaba ebrio, lo suficiente como para que la cordura y el autocontrol hubieran desaparecido por completo. Al ver sus lágrimas, él frunció el ceño.
—Deja de llorar. Me irritas —ordenó con brusquedad.
Miranda se levantó de la cama, mirándolo con una mezcla de incredulidad y desprecio.
—¡Eres un cínico! —exclamó, perdiendo los estribos.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, CEO... quiero el divorcio