Al oír la voz fría del hombre a través del teléfono, Lina apretó el celular con más fuerza.
—Luis, por favor, ¿puedes pasarle el teléfono? Tengo algo que decirle.
Luis se encontraba en una situación difícil, pero al instante siguiente, la voz cortante del hombre resonó de nuevo.
—¿Estás sordo o no oíste lo que acabo de decir?
Luis optó por terminar la llamada de inmediato.
Vicente, con el rostro sombrío, miró por la ventana y ordenó con dureza:
—¡De ahora en adelante, no contestes sus llamadas!
Luis, al ver su expresión fúnebre por el retrovisor, se atrevió a preguntar:
—¿Y si la señora lo llama a usted?
Vicente le lanzó una mirada gélida. Luis desvió la vista al instante y admitió su error.
—Lo siento, hablé de más.
Pero Vicente respondió a su pregunta.
—¿Cuántas veces me has visto contestarle una llamada?
Luis comprendió. Aunque la señora quisiera divorciarse, le sería casi imposible contactar a su marido.
Lina, por su parte, miró la pantalla del teléfono que mostraba la llamada finalizada y su corazón se hundió.
Para él, ella era alguien sin importancia.
Siendo así, el divorcio no podía esperar más.
—
—Señor Vargas, este documento necesita su firma.
—Claro, déjame ver. —Alberto tomó el documento, lo revisó y, al ver que todo estaba en orden, lo firmó.
Lina tomó el documento de vuelta y añadió:
—Señor Vargas, revisé su agenda y veo que por la tarde no tiene planeado salir de la oficina, ¿verdad?
Alberto asintió, tomando un sorbo de café.
—Así es. Si no surge ningún imprevisto, estaré aquí toda la tarde. ¿Por qué?
Lina parecía avergonzada. Apenas acababa de empezar a trabajar y ya iba a pedir permiso, por lo que dudaba en hablar.
Alberto se dio cuenta y le dijo con una sonrisa:
—Si tienes algún problema, puedes decírmelo.
Lina negó con la cabeza.

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