Felipe empujó la puerta de la oficina de Isaac.
Isaac estaba parado junto a las enormes ventanas de piso a techo. Su figura seguía erguida, imponente, pero en su espalda tensa flotaba una sensación de tormenta a punto de desatarse.
—Oye, tú, el gran jefe, ¿no que en la tarde tienes que volar a Estados Unidos para esa junta del consejo? ¿Qué haces aquí todavía?
Felipe dejó caer unos papeles sobre el escritorio con toda la calma del mundo, lanzando la broma sin preocuparse.
Isaac no se volteó; sus palabras salieron a presión, casi masticadas entre los dientes:
—Lo hizo a propósito.
—¿Eh? —Felipe alzó una ceja y dio un par de pasos, siguiendo la mirada de Isaac hacia la ventana, pero afuera solo había tráfico y gente apurada, nada fuera de lo común.
En ese instante, el celular de Isaac sonó. Lo contestó en cuanto vibró:
—Selena, ¿lo hiciste a propósito, verdad? Bien sabes que esta tarde vuelo a Estados Unidos, ¿y justo ahora me sales con que te vas de vacaciones a una isla con Katia y las demás? ¿Me quieres volver loco o qué?
Del otro lado, algo dijeron, pero Isaac solo arrugó la frente aún más, y apretó la mandíbula como si intentara tragarse la frustración.
—¿A qué isla? No conocen nada de allá, ¿seguro que es seguro? ¿Y Katia? ¿De verdad piensas que esa loca es confiable? Si ella apenas y madura, parece niña todavía.
Felipe solo negaba con la cabeza, resignado. Por dentro, hasta imaginó encender una veladora por Selena.
Ya llevan diez años casados y, lejos de disminuir, el control obsesivo de Isaac solo había crecido.
Isaac seguía disparando palabras al teléfono, sin pausa:
—¿Qué? ¿Ya armaste las maletas? ¿Tú sola? ¡Ni se te ocurra moverle! Ni sabes qué llevar y qué no. ¿Echaste protector solar? ¿Qué factor? ¿Repelente para moscos? ¿Ya revisaste qué tan fuerte pega el sol allá? ¿Y si hay zancudos peligrosos, qué haces? Si tu piel es tan delicada...
Felipe tuvo que aclararse la garganta, incómodo por escuchar tanto.


—¿Sola? Si va con Katia y las otras...

Mientras más hablaba, más se le subía la sangre, como si los pretendientes estuvieran ahí mismo, fastidiándolo.
Felipe se aguantó la risa, pero le temblaba la comisura de los labios:
—Bueno... eso solo demuestra que Selena tiene pegue, ¿no? Hasta deberías sentirte orgulloso.
—¿Orgulloso? ¡Orgulloso mis calcetines! —Isaac se desquitó con el escritorio, golpeándolo con el puño—. Si pudiera, me la llevaba en el bolsillo, para que nadie la mirara, para que nadie ni siquiera pensara en ella.
Felipe lo miró como si viera una señal de alerta. Esa actitud le aumentaba todavía más las ganas de nunca casarse.
Esto no era matrimonio, pensó. Esto era como contratar a una deidad y tenerla que cuidar todo el día.

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