—Ella ya está grande, no tienes que preocuparte tanto —intentó convencerlo Felipe.
¿Y cómo no iba a preocuparse?
Cada vez que Selena salía de viaje, aunque sólo pasaran unas cuantas horas sin responderle los mensajes, en su cabeza se proyectaba toda una telenovela de ochocientos capítulos, cada uno más dramático que el anterior.
¿Y si tuvo un accidente en el camino?
¿Y si le robaron el celular?
¿Y si alguien la estaba siguiendo para secuestrarla?
En San Juan, él tenía todo bajo control, pero afuera, en tierras ajenas, donde las reglas cambian y los peligros se multiplican, siempre hay quienes andan buscando aprovecharse, ya sea por dinero o por otras razones.
¿Y si la comida que probaba no estaba bien preparada?
¿Y si le caía mal y terminaba enferma?
Los restaurantes afuera pueden ser una lotería; si algo salía mal en la cocina, su estómago delicado no lo iba a soportar.
Cuando él viajaba por negocios, se encargaba de que revisaran hasta el último rincón de las cocinas en todos los restaurantes de hoteles de cinco estrellas del lugar, sólo así podía estar tranquilo.
Pero si ella salía por su cuenta, ¿cómo iba a asegurarse de que todo fuera igual de seguro?
Aunque fuera con guardaespaldas, siempre había detalles que se escapaban.
El clima también era un motivo de angustia.
En las islas, el clima cambiaba sin avisar.
Un minuto podía estar soleado y al siguiente desatarse una tormenta de las que hacen temblar las ventanas.
¿Y si bajaba la temperatura, se abrigaría lo suficiente?
A Selena le gustaba vestirse ligera, siempre buscando verse bien, y a veces se olvidaba de cuidarse. ¿Y si terminaba resfriada?
¿Quién la iba a cuidar si le daba fiebre? ¿Y si hacía calor y se desmayaba por insolación?
Tenía la piel tan clara que el sol le hacía daño. ¿Y si se desvanecía en la calle y nadie de confianza estaba cerca para ayudarla?

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