Zacarías, apoyado en el barandal del segundo piso, acababa de encender un cigarrillo cuando vio a la hermana menor de los Valente entrar furiosa al vestíbulo.
Como nadie podía contactar a Fernanda, Valentina había llamado a Julián y se enteró de que habían tenido una discusión y su hermana llevaba días desaparecida.
Valentina, enfurecida, había insultado a Julián por teléfono:
—¡Si a mi hermana le pasa algo, te juro que te mato!
Valentina aún no terminaba la universidad, pero había tenido el valor de entregarse a Gerardo Vega solo para salvar al Grupo Valente. Era evidente que no tenía un pelo de tonta ni de débil.
—¡Te lo advierto, si ella no aparece, te vas a arrepentir!
De inmediato, salió a buscarla.
Por obra del destino, el teléfono de Fernanda finalmente dio tono, y ella le confesó que estaba bebiendo en ese club.
Zacarías suspiró y pensó: «Lo siento mucho, señorita». Acto seguido, se escondió en las sombras.
***
Sergio estaba con los nervios de punta. Le aterraba que la señora Navarro armara un escándalo, que la situación se saliera de control y que la reputación del club se fuera a la ruina.
Zacarías podía lavarse las manos y largarse sin importarle el negocio, pero ¿quién tendría que limpiar el desastre? ¡Él!
Por lo tanto, debía buscar la manera de minimizar los daños y evitar que la noticia se filtrara a la prensa.
***
Tal y como estaba planeado, la policía llegó al lugar.
Cuando los agentes hacían una redada, no venían a hacer preguntas. Su lema era simple: rápido, duro y sin piedad.
Asegurar las evidencias y no dejar que nadie escapara.
El gerente abrió la puerta de la habitación con una tarjeta maestra, y los agentes irrumpieron de una patada, aterrorizando a los presentes.
Afuera, Sergio sintió una punzada en el corazón. Le dolía ver cómo maltrataban sus costosas puertas.
Quería cobrarle los daños a la señora Navarro, pero sabía que su primo jamás se lo permitiría.
—¡Policía!
—¡Redada antidrogas y prostitución!
—¡Que nadie se mueva!
Valentina, que había entrado a la habitación un par de minutos antes, pegó un salto del susto.
¡Zacarías, eres un maldito lunático!
Sergio lo maldijo mil veces en su mente.
Al final, los agentes se llevaron a ambas hermanas.
Y, por supuesto, también se llevaron al chico que había atendido a Fernanda.
La policía obligó a Sergio a entregar al acompañante, y el chico lo miró con expresión de auxilio.
Sergio le lanzó una mirada fulminante: —¿Qué me ves? ¡Yo también tengo que ir!
Luego, fingiendo indignación, exclamó: —¡Nosotros somos un negocio legítimo! ¡¿De qué tienes miedo?!
El acompañante fue escoltado fuera del vestíbulo.
Zacarías, con el cigarrillo aún en los labios, las observó marchar desde detrás de una columna en el segundo piso. Definitivamente, ella había decidido quemar todos los puentes con su esposo.
Como encargado del lugar, Sergio no tuvo que subir a la patrulla. Subió al segundo piso por las llaves de su auto y, como era de esperarse, encontró a Zacarías escondido tras la columna.
Zacarías le ordenó: —Ve a la comisaría y encárgate de que todo se solucione. No permitas que le quede ningún antecedente penal.
Sergio apretó los dientes y pensó: «Claro, todo esto es gracias a tu brillante plan».

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