Amaneció.
Al no recibir ninguna llamada de su esposo, Fernanda apagó el celular.
Empezó a pensar en el divorcio. En todo lo que vendría después: cómo explicárselo a sus padres y cómo reconstruir su vida.
Pero divorciarse era una decisión aterradora.
Él se había llevado sus mejores años; todos sus recuerdos más hermosos estaban entrelazados con él.
Al recordar los días en que todo era perfecto, la nostalgia la hizo dudar.
De nuevo, esa parte irracional de su cerebro intentaba justificarlo.
Hasta que, de golpe, la venda cayó de sus ojos.
Era su propia culpa seguir tropezando con la misma piedra, negándose a salir del abismo.
Fernanda volvió a sollozar, odiándose por ser tan débil.
En esa lujosa suite, una mujer se consumía en la agonía, esperando a que pasaran las horas.
No sabía qué estaba esperando. Quizás, solo reunir el valor necesario.
Pero por más que dudara y sufriera, a veces el destino toma la pluma y decide el final con un solo trazo.
Encendió el teléfono y abrió los mensajes, con la estúpida esperanza de que él le hubiera escrito.
Nada. Su última conversación seguía siendo la lista de invitados para el cumpleaños del abuelo.
Soltó una risa amarga.
Como siempre, mientras más esperas, más fuerte es la decepción.
Que así fuera.
Era lo mejor.
De pronto, una notificación iluminó la pantalla.
Fernanda abrió el mensaje. Era una fotografía.
No se veían los rostros, ni el de la mujer ni el del hombre.
Estaban desnudos en la cama, y él la abrazaba contra su pecho.
La mujer tenía marcas de pasión en el cuello, pero lo que paralizó a Fernanda fue el lunar en el hombro del hombre. Era exactamente igual al de su esposo.
Fernanda estalló en un llanto desgarrador.
Al fin había encontrado el valor que buscaba, aunque fuera de la manera más cruel posible.

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