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¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada romance Capítulo 1

El día que salió de la cárcel, a Simona Rivera la sacaron en una camilla.

Estaba tan flaca que apenas parecía humana; su mano derecha colgaba lacia y sus piernas estaban cubiertas de sangre.

Tres meses antes, alguien había presentado un falso testimonio, provocando que fuera a la cárcel en lugar de la verdadera heredera de la familia Rivera.

En prisión, le habían seccionado los tendones de la mano con la que sostenía el bisturí.

Y las piernas que la habían llevado a ganar campeonatos internacionales de danza, se las habían destrozado a golpes.

Cuando estaba a punto de perder toda esperanza, fue su esposo, Ulises Gracia, quien movió todos sus contactos para lograr sacarla de allí.

Afuera de la puerta.

Al ver la camilla, Ulises, que había ido a recogerla, se quedó helado por un instante. Luego, bajó del carro tambaleándose y la estrechó entre sus brazos.

—Simona, es mi culpa. Llegué tarde.

Mientras subían a la ambulancia con el resto del equipo, su voz temblaba.

El hombre, usualmente tan distinguido y distante, dejó escapar una lágrima.

Simona solo lo había visto llorar dos veces: una cuando se casaron y otra cuando nació Álvaro Gracia.

La lágrima cayó sobre el rostro de Simona, y sus emociones finalmente estallaron.

No había llorado cuando la golpeaban, ni cuando le cortaron los tendones. Pero ahora, no podía contener más las lágrimas.

Simona se refugió en su abrazo, mientras aspiraba su aroma, ese que siempre la tranquilizaba.

Por suerte, tenía a su esposo, a su hijo. Tenía una familia que la amaba.

Con los ojos enrojecidos, Ulises la abrazó y juró, con la mirada inyectada en sangre:

—Simona, te juro que encontraré al verdadero culpable que te incriminó y limpiaré tu nombre.

Acurrucada en su pecho, Simona escuchaba la vibración de su corazón.

Su alma, herida y llena de cicatrices, finalmente encontró un poco de consuelo.

Tenía un esposo y un hijo que la amaban tanto… Aunque para la familia Rivera, que la había criado, solo existiera Anabel Rivera, y aunque su ex prometido la hubiera abandonado, ya no le importaba.

—Todo es mi culpa. Si no te hubiera pedido que salieras en el carro ese día, no te habrían encontrado un pretexto para acusarte de atropello y fuga.

La voz de Ulises se quebró. Parecía incapaz de mirarla y bajó la vista, con una mirada que se sentía un poco fría.

Simona negó con la cabeza.

Al llegar al hospital, Simona vio a su hijo.

Álvaro se abalanzó sobre la cama, llorando desconsoladamente:

—¡Perdóname, mamá! ¡No sabía que lo que dije se usaría como testimonio! ¡Todo es mi culpa por recordarlo mal! ¡Te doy mis piernas para compensarte!

Simona recordó cómo, tres meses atrás, la habían acusado falsamente de atropello y fuga.

Y Álvaro, como testigo, también había dicho que ella había salido de casa ese día.

Álvaro siempre había sido un niño obediente y sensato, precoz y un poco reservado.

En ese momento, sin embargo, lloraba a moco tendido, con una expresión que daba mucha lástima.

Por muy maduro que fuera, seguía siendo solo un niño; era normal que se equivocara.

Simona sintió una punzada de ternura y le acarició la cabeza.

—Mamá no te culpa.

—Mamá, de ahora en adelante, yo seré tus piernas —dijo Álvaro entre sollozos—. Correré por ti y veré el mundo por ti.

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