Mientras Enzo reflexionaba, recibió una llamada de Antonio Bernard.
—Señor Mendoza, tengo un problema. Noel, el que dio falso testimonio contra la señorita Rivera, debe de haber contactado al verdadero culpable. No solo se ha mudado, sino que ahora me están siguiendo.
Enzo frunció el ceño.
—Enviaré a alguien para que te ayude, pero tienes que conseguir pruebas como sea.
—Entendido, señor Mendoza.
Tras colgar, Enzo dejó a un lado la información de Sebastián y salió de su oficina.
***
Simona, con mucho esfuerzo, logró rehacer el boceto de la mañana. Para cuando terminó, ya había anochecido.
Al volver a tomar su celular, vio que tenía mensajes de dos personas.
Uno era de Enzo.
[Ya se encargaron de desviar la atención de los comentarios negativos sobre ti en internet. No te preocupes. Si alguien intenta filtrar tus datos, llama a la policía].
Su tono era de genuina preocupación.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Simona sin que se diera cuenta.
Después de responderle brevemente a Enzo, abrió la conversación con Chiara.
Chiara le había enviado un mensaje corto: «¿Estás bien?».
Simona le respondió que todo estaba en orden, y al instante, Chiara la llamó por voz.
—Creo que podrías darle la vuelta a los ataques que estás recibiendo en internet y convertirlos en una fuerza que te ayude.
Chiara fue directa al grano, con un tono de emoción en la voz.
Simona supuso que había leído los comentarios negativos sobre ella, pero no entendió a qué se refería.
—¿Qué quieres decir?
—Piénsalo, ¿no querías abrir tu propio estudio? Aunque ahora mismo la opinión pública te perjudica, tienes una visibilidad enorme. El día que la verdad salga a la luz y se demuestre tu inocencia, te convertirás en la persona más querida de internet.
Chiara se entusiasmaba cada vez más.
—Para entonces, ya serás relativamente conocida. Si te creas una cuenta y la gestionas bien, ¡seguro que ayudará a tu estudio!
Simona pensó que Chiara tenía razón.
Pero lo más importante ahora era encontrar pruebas que demostraran su inocencia.
Tras colgar, Simona fue a abrir la puerta.
Álvaro sostenía un vaso de leche. Levantó su pequeño rostro hacia ella, sus ojos redondos y claros.
Con una sonrisa, le ofreció el vaso.
—Mamá, debes de estar cansada de dibujar. Tómate un poco de leche.
Simona se sintió desconcertada. Hacía solo un par de días, este mismo niño la había golpeado con cubos de madera hasta dejarle los brazos llenos de moretones. ¿Cómo podía haber cambiado de actitud tan drásticamente?
—Mamá, ¿no la quieres? —dijo él, haciendo un puchero y mirándola con sus ojos brillantes.
—Soy alérgica a la leche.
Simona no cayó en su juego y respondió con calma.
Álvaro retiró la mano, un poco avergonzado.
—Lo siento, mamá, se me había olvidado. Ahora mismo voy a cambiarlo por un vaso de agua.
Hizo ademán de irse.
***

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