Ulises siguió las pistas de la investigación y llegó al almacén donde habían secuestrado a Simona.
Antes de entrar, percibió un olor a depravación.
Su rostro palideció al instante.
—Simona…
Murmuró su nombre mientras entraba corriendo al almacén.
No había nadie, solo un desastre en el suelo.
El suelo estaba lleno de manchas asquerosas que, al reflejarse en los ojos de Ulises, encendieron una furia incontrolable.
El guardaespaldas que entró detrás de él lo llamó con vacilación:
—Señor Gracia…
—¡Qué esperas para encontrar a la señora! —ordenó Ulises con voz grave.
—Sí, señor Gracia.
Los ojos de Ulises ardían de rabia.
Iba a descubrir quién le había hecho daño a Simona, ¡y no se lo perdonaría!
***
A la mañana siguiente.
Simona se despertó de una pesadilla, sobresaltada. La frente cubierta de sudor la hacía sentir muy incómoda.
Se levantó, se lavó la cara y, al salir, escuchó ruidos en la cocina.
Enzo estaba preparando el desayuno.
Al verla levantada, la saludó con una sonrisa.
—¿Ya despertaste?
Simona tuvo la extraña sensación de ser un viejo matrimonio con Enzo.
Sacudió la cabeza rápidamente. «¡Qué idea tan rara!».
Fue a la cocina para ayudar, pero Enzo la echó.
—La cocina no es lugar para ti. Sal y espera a que esté la comida.
Simona se sentó a la mesa, observando a Enzo moverse por la cocina, y una extraña calma la invadió.
Cuando vivían en el extranjero, casi siempre era Enzo quien cocinaba.
En aquel entonces, para que él se sintiera a gusto en casa, ella le pedía que hiciera algunas tareas sencillas.
Básicamente, la cocina era su territorio.
En esa época, ella no sabía cocinar. Aprendió poco a poco después de casarse con Ulises.
Pasó de no saber nada a ser una experta, un proceso que le costó mucho esfuerzo.
Lástima que ni Ulises ni Álvaro valoraran su dedicación.
Enzo sirvió el desayuno en la mesa y llamó a Simona para que comiera.
Simona frunció el ceño y contestó.
—¿Simona?
La voz de Ulises sonaba inusualmente preocupada, ronca, como si estuviera agotado.
—Soy yo, ¿qué pasa?
—¿Dónde estás?
—¿Necesitas algo?
—¡Te estoy preguntando que dónde estás! —rugió Ulises.
El grito la sobresaltó.
Enzo frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir algo, Simona colgó.
—¡Está loco!
Simona silenció el celular y lo arrojó a un lado.
No había vuelto a casa en toda la noche ni le había avisado a los Gracia porque sabía que a nadie en esa familia le importaba.
Después de desayunar, Enzo se fue a trabajar. De repente, Simona se acordó de su cita con Chiara.
—¡Rayos!
Tomó de nuevo el celular, ignoró las llamadas y mensajes de Ulises y le marcó directamente a Chiara.
Ella contestó rápidamente, y su voz sonó llena de quejas.

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