Simona frunció el ceño. ¿Acaso Ulises se había vuelto loco?
—No le hagas caso, está diciendo tonterías.
Mientras no consiguiera el proyecto del Grupo Mendoza, Ulises no se atrevería a hacer nada precipitado.
Además, matar a alguien era algo que Ulises no sería capaz de hacer.
Enzo esbozó una leve sonrisa, pero no dijo nada.
Simona lo miró de reojo, estudiándolo discretamente.
Ese día vestía una camiseta y pantalones negros de estilo casual. Mientras el carro avanzaba bajo la sombra de los árboles, la luz del sol, filtrada por las ramas, salpicaba su rostro.
Su cabello plateado brillaba como una galaxia.
—¿A que soy muy guapo?
La repentina pregunta de Enzo sobresaltó a Simona.
Cuando volvió en sí, se encontró con la mirada de Enzo, que se había girado un instante para verla.
Un ligero rubor tiñó sus mejillas y, para cambiar de tema, carraspeó y dijo:
—Para ser el chofer de la familia Mendoza, vistes de una manera bastante informal.
Antes no se había fijado en la forma de vestir de Enzo. Simplemente pensaba que, para alguien que podía ahorrar dos millones, comprarse trajes de alta costura y ropa de miles de pesos era normal.
Pero ayer, al salir del centro comercial, las palabras de Chiara la habían hecho dudar.
«¿El chofer de los Mendoza? Ese traje que lleva… solo la confección a mano debe costar un dineral. El conjunto completo debe valer una fortuna. ¿Un simple chofer se permitiría vestir algo tan caro?».
«Y aunque se diera un lujo de vez en cuando, hoy es un día de trabajo. En una familia como los Mendoza, los choferes deben estar disponibles en todo momento. ¿Cómo es que él anda por ahí tan tranquilo?».
Era cierto. Desde que conocía a Enzo, parecía tener mucho tiempo libre.
Además, recordaba claramente que, aparte del traje que le vio ayer, tenía varios más del mismo estilo artesanal.
¿Cuántos años llevaba trabajando?
Con dos millones en ahorros, varios trajes de más de cien mil pesos cada uno y ropa casual que tampoco era barata… por muy alto que fuera el sueldo de un chofer de la familia Mendoza, no podía llegar a tanto.
Enzo, ¿de verdad era solo el chofer de la familia Mendoza?
Enzo notó el tono inquisitivo en la voz de Simona.
Con indiferencia, respondió:
—Si va a ser un buen espectáculo, ¿por qué no me invitas?
—Porque aunque el espectáculo va a ser bueno, no va a ser bonito de ver.
Enzo se giró un momento para mirar a Simona y la vio guiñarle un ojo con picardía.
Sus ojos brillaron por un instante antes de volver a fijar la vista en el camino.
La carretera era llana, pero su corazón latía con fuerza, como si estuviera subiendo una pendiente empinada.
Una hora después.
El Maybach se detuvo frente al Hotel Corona Blanca.
Enzo acompañó a Simona a un salón privado en el segundo piso.
Renato Mendoza y Carmen Aguilera ya esperaban en el salón. Cuando la puerta se abrió, ambos dirigieron sus miradas hacia la entrada.
Simona y Enzo entraron uno detrás del otro y, al levantar la vista, se encontraron con dos pares de ojos que los miraban con impaciencia.
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