Mientras estuvo sola, Simona logró calmarse.
Cuando Enzo regresó, notó que ya no estaba tan nerviosa.
—¿Por qué no me dijiste que hoy vería a *este* señor Mendoza? Pensé que sería tu jefa, la otra señora Mendoza —le susurró Simona en cuanto él se sentó.
Se refería a Inés.
—Pensé que lo sabías.
—No te preocupes —la tranquilizó Enzo—. Este señor Mendoza y su esposa son muy amables, no tienes por qué temer que sea difícil tratar con ellos.
—Pero si no volveré a tener contacto con ellos, por eso me parece tan extraño. Soy una impostora, y el señor Mendoza es un hombre muy ocupado. ¿Por qué se tomaría la molestia de reunirse conmigo?
Los labios de Enzo se curvaron en una sonrisa.
«¡El que de verdad está ocupado soy yo!», pensó. «Mi padre, el gran señor Mendoza, ya está en edad de viajar por el mundo con mi madre».
Era él quien gestionaba todos los negocios de la familia Mendoza.
—Quizás por curiosidad. Para ver quién se atrevería a hacerse pasar por su hija.
Simona hizo un mohín y no dijo nada más.
Cuando Carmen regresó, reanudó su animada conversación con Simona.
—Inés me dijo que mañana vas a anunciar que no eres la hija de la familia Mendoza. ¿Por qué?
—Bueno… —Simona lo pensó un momento antes de responder—, señora Mendoza, antes que nada, quiero disculparme. Fingir ser su hija les ha causado muchos problemas.
—¿Qué problemas? ¡Eres tan bonita! Si de verdad fueras mi hija, ¡yo estaría encantada!
Mientras hablaba, miró a Enzo, solo para darse cuenta de que el rostro de su hijo se había puesto lívido de nuevo.
«Ah, claro. Si Simona fuera mi hija, ¿cómo podría estar con mi hijo? Sería inmoral», pensó.
—Es un problema familiar. Quieren usar mi condición de huérfana para establecer una relación con una familia de prestigio como los Mendoza y así salvar su empresa.
»Mañana haré el anuncio para presionar a mi esposo a que acepte el divorcio —explicó Simona con sinceridad.
Carmen frunció el ceño al escucharla. Más o menos entendía la situación de Simona.
Después de comer, Carmen le pidió a Enzo que llevara a Simona a casa.
Una vez que se fueron, Carmen llamó a Inés.
—Cuñada, tenemos que vernos. Hay que hablar de lo de mañana.
***
Sebastián Palacios regresó de un evento público y, sin siquiera quitarse el maquillaje, sacó su celular para revisar los mensajes.
Había muchas notificaciones en rojo, pero ninguna era la que esperaba ver.
Dejó el celular con decepción.
Desde que había intercambiado números con su hermana menor, había estado esperando ansiosamente un mensaje suyo.
Después de todo, ella había dicho que él era su ídolo. Si ya tenía el número de su ídolo, lo mínimo era que le enviara algún saludo, ¿no?
***

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