Mientras tanto, Ulises y Anabel estaban en una habitación de hospital recibiendo suero. Sus cuerpos, cubiertos de miel, habían sido atacados por los avispones, y sus caras estaban tan hinchadas que parecían cerdos.
Cuando Anabel recuperó la conciencia, vio a Germán Rivera, a la señora Rivera y a Esteban Rivera en la habitación.
Al verla despertar, la señora Rivera se acercó preocupada.
—Anabel, ¡por fin has despertado! ¿Te duele algo? Dímelo y llamaré al médico para que te examine.
Anabel se sentía fatal. Tenía el cuerpo lleno de ronchas y, sobre todo, la cara. Cualquier movimiento le provocaba un dolor insoportable.
—¡Me duele! ¡Me duele todo! —dijo con dificultad. Una sola frase bastó para que las lágrimas corrieran por sus mejillas.
La señora Rivera llamó rápidamente al médico, quien le administró un analgésico a Anabel. Solo entonces se sintió un poco mejor.
Una vez que sus pensamientos se aclararon, el odio la invadió.
¡Simona! ¡Esa zorra!
Todo era por su culpa. Por ella los habían picado los avispones y los Mendoza los habían amenazado para que no llamaran a la policía.
¿Quién sabe qué tan importante sería ese chofer para la familia Mendoza como para que el asistente del Grupo Mendoza viniera a defenderlo?
Esteban miró a su hermana con preocupación.
—Anabel, ¿qué pasó exactamente?
Anabel hizo un puchero y les contó todo lo sucedido, omitiendo, por supuesto, que fue ella quien puso los avispones.
Esteban golpeó la pared del hospital con el puño, irradiando furia.
—¡Simona! ¡Otra vez tú!
—¡Esa desgraciada! —exclamó la señora Rivera, indignada—. ¡La familia Rivera ha sido más que buena con ella y sigue maltratando a Anabel! ¿Cree que somos tontos?
—Mamá, voy a vengar a Anabel —dijo Esteban, mirando a su madre.
Dicho esto, salió de la habitación. Ni la señora Rivera ni Germán intentaron detenerlo.
En la otra habitación, Ulises se despertó y vio un rostro desconocido. Un hombre estaba de pie junto a la cama, leyendo una revista. Llevaba unas gafas de montura dorada que brillaban bajo la luz del sol.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada