Cuando Esteban se fue, Enzo se giró hacia Simona.
—¿Estás bien?
Simona negó con la cabeza.
—Gracias.
Enzo frunció el ceño. Justo cuando iba a hablar, Simona hizo un gesto con la mano, como bromeando.
—Ya sé, ya sé. Cada «gracias» lo guardo en el corazón, y ya te lo pagaré.
Soltó la mano de Enzo y fue a sentarse en el sofá. Había una botella de agua sin abrir sobre la mesa; la tomó y bebió un sorbo.
Enzo, al ver que había recuperado la compostura, se sintió aliviado y se sentó a su lado.
—Tengo curiosidad por saber cómo me lo pagarás. No parece que necesites mi ayuda en nada —dijo Simona.
Pensándolo bien, a Enzo no le faltaba dinero, tenía muchos amigos y una vida personal y profesional plena. No parecía haber muchas cosas en las que pudiera serle útil.
Al oírla, una chispa de posesividad brilló en los ojos de Enzo, pero no lo demostró.
—¿Quién sabe lo que traerá el futuro? Por ahora, déjalo como una deuda pendiente.
—De acuerdo.
A Simona no le importaba. Haberse hecho amiga de Enzo era, para ella, una gran suerte.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Enzo. Sus ojos seductores se entrecerraron ligeramente, la emoción en su mirada volviéndose más intensa.
Ya se encargaría él de cobrar toda esa deuda de gratitud.
***
Simona pasó una semana recuperándose en el hospital.
Pronto llegó el día del aniversario de la muerte de Margarita.
—Mañana es el aniversario de la abuela. Tengo que prepararme para volver.
Mientras recogía sus cosas en el hospital, miró a Enzo.

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