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¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada romance Capítulo 22

Un escalofrío recorrió el corazón de Simona, y soltó una risa gélida.

Su decepción se había acumulado una y otra vez; no era producto de un solo incidente.

Dijo con tono grave:

—Álvaro, escúchame bien. Hubiera pasado lo de ayer o no, igual me divorciaría de tu padre.

Al ver el rostro aturdido de Álvaro, sintió una punzada de compasión y suspiró.

En ese momento, con sus ojos grandes y llorosos, su imagen se superpuso con la de cuando era un bebé. Simona no pudo evitar aconsejarle:

—Tienes un organismo muy sensible. Debes tener cuidado con lo que puedes y no puedes comer.

La voz de la mujer era suave, sus cejas arqueadas y su piel blanquísima, dándole un aire de delicada belleza de porcelana. En ese momento, mientras le daba instrucciones a Álvaro, su expresión se volvió aún más tierna, como si fuera una pintura de acuarela.

—Y una cosa más —Simona hizo una pausa y esbozó una sonrisa—. De ahora en adelante, no podré cuidarte. Tienes que cuidarte tú solo.

Álvaro abrió los ojos de par en par, incrédulo.

«¿Mamá me está abandonando?».

«¿Cómo es posible?».

«¡De verdad es tan mezquina!».

—¡Cuidarme es tu obligación! —exclamó con los ojos muy abiertos y las mejillas infladas de ira—. ¡Si no cumples con tu obligación, te voy a denunciar! ¡Y entonces, seré el hijo de Anabel!

Simona sintió ganas de reír, y la ironía en su corazón se hizo más profunda.

¿En qué momento el hijo que había llevado en su vientre durante diez meses se había convertido en esto?

Su preocupación por él se había vuelto una jaula; la permisividad de Anabel, en cambio, era libertad.

—Como quieras —dijo Simona con una risa, levantándose del sofá. El elegante vestido entallado acentuaba su esbelta cintura.

Álvaro estaba tan furioso que casi se le salían las lágrimas, pero apretó los dientes para contenerse.

Sin embargo, el pánico en su interior crecía cada vez más.

Cuando vio que Simona estaba a punto de abrir la puerta para irse, instintivamente quiso seguirla.

Pero Anabel lo detuvo.

Le acarició la cabeza con una sonrisa despreocupada.

—Tranquilo, tu mamá solo está haciendo un berrinche. Con un poco de cariño se le pasará.

—Tu mamá es una exagerada. Además, ¿qué tiene de malo que se vaya? De ahora en adelante, ¡me puedes tener a mí como tu madrina! ¡Y una madrina como yo vale por dos mamás!

Su sonrisa mejoró considerablemente el humor de Álvaro, quien se lanzó feliz a sus brazos.

—¡Qué bien! ¡Tengo una madrina!

«Con una madrina tan culta y educada como ella, no necesito a ninguna mamá», pensó Álvaro con resentimiento.

Enzo le abrió la puerta del copiloto, su voz profunda y magnética.

—Este es mi carro. Lo compré hace unos años para usarlo a diario.

Su cabello plateado caía sobre su frente, y su porte distinguido hacía que aquel Volkswagen común pareciera un carro de lujo.

La miraba con una ternura evidente.

Simona subió al carro dócilmente, evitando su mirada de forma sutil.

El interior estaba impecable y olía a nuevo.

«¿Un carro comprado hace años estaría así?».

Era extraño, pero Simona no preguntó más.

Conducía con mucha seguridad, hasta que se detuvo frente a un salón de belleza.

Al ver la opulenta decoración, Simona frunció el ceño instintivamente.

—¿Qué se supone que es esto?

Al notar su confusión, el hombre, con un gesto elegante y una mirada cálida, curvó los labios.

—¿Ya olvidaste el favor que prometiste hacerme como agradecimiento?

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