—No se preocupen, después de hoy, no volveré a interponerme en su unión familiar.
Esteban la miró con el ceño fruncido.
Por alguna razón, sintió que las palabras de Simona tenían un alto grado de credibilidad.
Era como si, después de la visita al cementerio, realmente fuera a abandonar a la familia Rivera.
Una punzada de pánico lo atravesó por un instante, pero luego recordó cómo Simona había lastimado a Anabel y pensó que su partida sería una bendición para la familia. La inquietud que había sentido se desvaneció poco a poco.
—¡Más te vale que cumplas tu palabra!
Simona se limitó a lanzarle una mirada indiferente, lo rodeó y salió de la mansión.
***
Mientras tanto.
En la mansión de la familia Gracia.
Toda la casa estaba sumida en una atmósfera de profundo duelo.
Ulises estaba de pie frente al altar funerario, con los ojos enrojecidos.
Anabel, vestida con un traje sastre negro, se acercó silenciosamente a su lado.
—Ulises, mi más sentido pésame.
Ulises miró la fotografía de su abuelo en la pared, sintiendo una desolación inmensa. Sabía que a su abuelo no le quedaba mucho tiempo y se había preparado para ello.
Pero cuando el día finalmente llegó, no pudo reprimir su dolor.
A su lado, escuchó los susurros de los invitados.
—Leonel murió, ¿y dónde está su nieta política?
—Es verdad, la nieta política no está, y en su lugar, la hermana de ella está aquí recibiendo como si fuera de la casa. ¿Qué está pasando?
—Oí que Ulises y su esposa se estaban divorciando. Seguro ella está enojada.
—Pero un berrinche tiene sus límites, ¿no? Si un familiar mayor fallece, lo mínimo es volver a casa.
—…
Ulises, que ya estaba de un humor pésimo, se sintió aún más irritado al escuchar esos cuchicheos.

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