—Por supuesto que no. El señor Mendoza y yo somos amigos. Ahora que estoy en tu país, tenía que venir a verte.
La afilada mirada de Enzo recorrió su rostro, pero no pudo descifrar nada en su expresión.
—¿Y elegiste el aeropuerto a propósito para verme?
—El señor Mendoza y yo nos conocemos tan bien que no hace falta reservar un restaurante para vernos. Ya que vamos en la misma dirección, podemos ponernos al día aquí mismo, ¿no te parece?
«¿En la misma dirección?».
Enzo entrecerró los ojos. —¿Qué vas a hacer en Nueva Solana?
—Buscar oportunidades de negocio, por supuesto.
Tan pronto como Peter terminó de hablar, sonó el anuncio de embarque.
Peter se levantó primero.
—El avión está a punto de despegar. Vamos, señor Mendoza.
Peter caminó sonriendo hacia la puerta de embarque.
Enzo observó su espalda, con un brillo peligroso en la mirada.
«¿Qué demonios planea ese tipo sediento de sangre?».
Dos horas después.
Al salir del aeropuerto, Enzo vio de inmediato a Simona en la zona de llegadas.
Se acercó a ella con una sonrisa.
Simona le entregó el agua de limón que tenía en la mano.
—¿Cómo es que te gusta tanto el agua de limón?
Enzo tomó sonriendo el vaso que Simona le ofrecía y bebió un sorbo.
El agua de limón todavía estaba fría, con un sabor ni muy dulce ni muy ácido, simplemente perfecto.
Antes, cuando estaban en el extranjero, Simona solía prepararle agua de limón. Realmente extrañaba ese sabor.
—Te equivocas. No es que me guste el agua de limón, es que me gusta la que tú preparas. Me encanta.
Simona sonrió y caminó con él hacia la salida.
—No me imaginé que de verdad vendrías a Nueva Solana. Con razón me dijiste que te esperara. Ya sabías que te ascenderían para trabajar aquí, ¿por qué no me lo dijiste antes?
—¿Es una sorpresa? —Enzo enarcó una ceja.

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