Una vez que Simona estuvo sentada, miró a su alrededor, pero no vio a Enzo.
—Enzo tuvo que irse por un asunto urgente —le explicó Damián.
Simona asintió.
—¿Dijo quiénes me secuestraron?
—¡Fue ese desgraciado de Jairo! —exclamó Jorge, furioso.
«¿Jairo?».
Antes de que Simona pudiera preguntar, Sebastián le dio un manotazo en la cabeza a Jorge.
Sebastián debía de haber llegado directo de algún evento.
Llevaba un maquillaje impecable, el pelo teñido de un lila claro y un abrigo negro sobre un traje elegante y distinguido, visible por el cuello abierto.
—¡Tú te metiste con Jairo y provocaste que se vengara en nuestra hermana! ¡Si hoy le hubiera pasado algo a Simona, te juro que te habría hecho ir personalmente a pedir perdón a nuestros padres!
Jorge protestó.
—¡Ese cabrón de Jairo ya se había metido con Simona antes! ¡Y hace poco, en el club de carreras, la insultó! ¡Solo quería darle una lección!
—¿Lo dices en serio?
—¿Por qué te mentiría? —Jorge apartó la mano de Sebastián de un manotazo.
Sebastián apretó los puños. —¡Aunque Enzo ya haya dejado a ese desgraciado como un monstruo, no me importaría darle otro golpe!
Dicho esto, Sebastián se dispuso a salir corriendo.
Vicente lo detuvo.
—¡Estamos en un hospital! Si quieres pegarle, ¿por qué no esperas a que sus heridas empiecen a cicatrizar? Así le dolerá más.
—Tú que eres médico, hermano, sabes mejor que nadie dónde duele más sin ser mortal. Enséñame un par de trucos.
—…
Simona los miró con una mezcla de impotencia y diversión.
Si los grabaran y Jairo terminara realmente golpeado, no se librarían de un cargo por agresión.
Su sonrisa se desvaneció y miró bruscamente a Damián.
—Hermano, ¿Enzo está en la comisaría?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada