Su rostro delicado estaba realzado por un maquillaje exquisito. Llevaba el cabello recogido, con algunos mechones sueltos que caían junto a sus orejas, entrelazándose con unos pendientes de esmeraldas. Lucía radiante, y su natural dulzura la hacía ver aún más encantadora.
Damián asintió, satisfecho.
—Perfecta.
Simona también estaba contenta con su aspecto. Tomó el brazo de Damián y subieron al coche que los llevaría a la gala.
El evento se celebraba en un crucero, en una zona costera de Nueva Solana.
Cuando Simona y Damián subieron a bordo, la fiesta ya había comenzado. El salón principal era un derroche de elegancia y lujo, y los invitados eran la flor y nata de la sociedad.
Apenas Damián entró, alguien lo llamó.
—La subasta benéfica aún no ha comenzado —le dijo a Simona en voz baja—. Ve a la zona de comida y toma algo. Ahora vuelvo a buscarte.
Simona asintió y Damián se alejó.
Siguió la dirección que le había indicado y llegó a la zona de comida. Una gran variedad de postres y bebidas se exhibían en una larga mesa, donde hasta las decoraciones estaban incrustadas con joyas.
Era la primera vez que asistía a una gala tan opulenta.
No en vano era el evento benéfico más grande de Nueva Solana.
—¿Mamá? ¿Qué haces aquí?
Una voz infantil familiar sonó a sus pies. Simona bajó la vista y vio a Álvaro de pie junto a ella. Llevaba un pequeño esmoquin con un moño negro, en cuyo centro brillaba un diamante. Su cabello estaba peinado hacia atrás, revelando un rostro atractivo y despejado. La miraba con los ojos muy abiertos, llamándola «mamá» como si nunca hubiera habido problemas entre ellos.

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