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¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada romance Capítulo 27

Pero Ulises la agarró bruscamente de la muñeca, su voz grave.

—Simona, ¿hasta cuándo vas a seguir con este berrinche?

Que ella pudiera llegar a un banquete como ese, seguro que había movido muchos hilos.

Con solo indagar un poco, sabría que él también asistiría.

Vino al banquete, ¿no fue para verlo y pedirle perdón?

Al ver la ropa que llevaba, Ulises tragó saliva y frunció el ceño.

Aunque no quisiera admitirlo, tenía que reconocer que hoy estaba deslumbrante.

Tan hermosa que la vio en cuanto entró.

Una mujer se arregla para quien la admira. Si se había puesto tan guapa, no era para él, ¿para quién más podría ser?

Al instante siguiente, Simona se soltó de su agarre con un tirón brusco.

Su expresión era serena, pero la impaciencia en sus ojos era casi palpable.

—Yo…

Antes de que pudiera terminar de hablar, Anabel se acercó flotando como una mariposa.

Se aferró al brazo de Ulises con familiaridad y bromeó con desparpajo:

—Ulises, ¡un montón de gente me reconoció y me pidió autógrafos! Ahora tienes que tener cuidado conmigo, ¡no vaya a ser que los medios nos saquen una foto y la gente lo malinterprete! ¡Mis fans más leales se te echarían encima!

Después de decir eso, pareció darse cuenta de la presencia de Simona y soltó su brazo con torpeza.

—¡Lo siento, hermanita, somos solo amigos! ¡No lo malinterpretes!

Examinó a Simona de arriba abajo. Al ver el vestido que llevaba, una fría envidia llenó su mirada.

Pero enseguida, fingió generosidad y dijo:

—Hermanita, viniste al banquete por Ulises, ¿verdad? Le enseñé el acuerdo de divorcio que dejaste el otro día. ¿Qué problema puede haber entre un matrimonio que no se pueda superar?

Tomó la mano de Simona con una sonrisa.

—Veo que no te fue fácil venir al banquete. ¡Pídele perdón a Ulises! Yo seré testigo y daremos este asunto por zanjado.

Una oleada de frustración, mezclada con una pizca de agravio, comenzó a subir por su pecho.

Aunque ya había decidido abandonarlos a él y a su hijo, todavía se sentía un poco herida.

Simona bajó la mirada de nuevo, rodeó a Ulises y siguió caminando.

—Tengo que buscar a mi amigo.

—Simona, ¿de verdad no aprendiste la lección en la cárcel? —dijo Ulises de repente con frialdad. Al encontrarse con la impaciencia en su mirada, una extraña amargura llenó su pecho—. Deja de ser tan caprichosa.

Simona lo miró fijamente. Los tres meses en la cárcel eran su pesadilla, ¿y ahora él usaba esa pesadilla para amenazarla?

Al notar su frialdad, Ulises suavizó su tono, la sujetó del brazo y dijo con el ceño fruncido:

—Simona, sin la familia Gracia, nadie te protegerá.

Eso ya era una forma de ceder por parte de Ulises, pero a Simona le pareció irrisorio.

Si no supiera que el culpable de sus tres meses en la cárcel era el hombre que tenía delante, quizás, por un instante, su corazón se habría conmovido por esa momentánea sumisión.

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