—Tú estabas a mi lado hace un momento, ¿no? Deberías haber visto si tomé el anillo o no.
Simona aún conservaba un hilo de esperanza. Por mucho que Álvaro estuviera resentido con ella, su madre, no dejaba de ser un niño; no sería capaz de mentir descaradamente.
Pero se equivocó de lleno.
Álvaro la miró por un instante y luego dirigió la vista a la dama elegante que la sujetaba.
Con una firmeza inquebrantable, afirmó:
—Fue ella quien lo tomó. Yo la vi.
Simona frunció el ceño, observándolo.
Los ojos de Álvaro eran límpidos, pero en ellos, Simona vio el reflejo de un pequeño demonio.
Sintió una punzada sorda en el corazón, no por el dolor de que Álvaro la calumniara, sino por la decepción que sentía consigo misma.
«¿Cómo pude educarlo para que se convirtiera en esto?».
Al oír las palabras de Álvaro, la dama se envalentonó aún más.
La fulminó con la mirada mientras le apretaba las muñecas con fuerza.
—¡Devuélveme mi anillo!
La presión dio justo en la antigua lesión de Simona, que forcejeó para liberarse.
—Ya le dije que no tomé su anillo, pero puedo ayudarla a buscarlo. Es posible que se haya caído al suelo.
—¿Acaso pretendes devolverlo a escondidas mientras finges buscar? ¡Maldita zorra, me las vas a pagar!
Un dolor agudo recorría la muñeca de Simona.
En un impulso, levantó la mano y empujó a la mujer con fuerza. Las largas uñas de la dama se arrastraron por el antebrazo de Simona, dejando al instante varios arañazos de los que empezó a manar sangre.
Simona ahogó un quejido de dolor.
El círculo de curiosos a su alrededor crecía, y su mente trabajaba a toda velocidad, buscando una forma de escapar de la situación.
La mujer elegante, como si no viera la sangre en el brazo de Simona, se enfureció por completo al ser empujada y se abalanzó de nuevo sobre ella.
—¡Si no me devuelves mi anillo hoy, te juro que te arrepentirás!
Simona se hizo a un lado para esquivarla, y en ese momento, una voz clara y firme surgió de entre la multitud.

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