Sin ganas de hacerles caso, Simona se levantó y corrió hacia la habitación.
No podía creerlo. La última vez que lo vio, hacía poco tiempo, el anciano gozaba de buena salud.
¿Cómo podía haberse enfermado tan de repente?
En la habitación, Leonel ya se había despertado.
Al ver entrar a Simona, le sonrió con cariño y le tendió la mano.
—Simona, has venido. Acércate, el abuelo tiene algo que decirte.
Simona se acercó con los ojos enrojecidos y se sentó al borde de la cama, mirando al señor Leonel Gracia.
—Abuelo, dime, te escucho.
El rostro de Leonel en la cama estaba muy pálido. Quizás por acabarse de despertar, sus ojos no tenían brillo y se veía completamente demacrado.
Leonel sonrió y dijo:
—Conozco mi propio cuerpo. No pongas esa cara triste, no es que me vaya a morir ahora mismo.
—Abuelo, solo estás enfermo. Te curarás.
Leonel sonrió, sin seguir discutiendo ese tema con Simona.
—Simona, estos años te has dedicado en cuerpo y alma a cuidar de Ulises y de Álvaro, y apenas has vuelto a la mansión. El abuelo no quiere quedarse en el hospital. ¿Podrías volver a la mansión y acompañarme un tiempo?
—Antes de morir, el abuelo quiere verte un poco más. Con que tú y la familia de Ulises sean felices, el abuelo se dará por satisfecho.
¿Felices?
Esas palabras helaron el corazón de Simona, que bajó la cabeza con ironía.
Probablemente, el abuelo no sabía lo que Ulises le había hecho.
Sintió la garganta seca. Al ver su rostro demacrado, no fue capaz de pronunciar las palabras "quiero el divorcio".
Después de un momento, forzó una sonrisa.
—Entiendo, abuelo.
Bueno.
De todos modos, solo le quedaban tres meses de vida.
El abuelo era la única persona en la familia Gracia que había sido buena con ella.
Soportaría un poco más y se quedaría a acompañarlo.
Así, saldaría la deuda de gratitud por todos los años que el abuelo la había cuidado.
En realidad, siempre había sabido que había problemas entre Ulises y Simona.
Esperaba que, antes de irse, pudieran ser un poco más felices. Con eso le bastaba.
Al ver que el abuelo la defendía, Simona bajó la vista, y sus pestañas ocultaron la expresión de sus ojos.
El abuelo era la única persona en la familia Gracia que había sido buena con ella…
¡La acompañaría en este último tramo!
***
Esa misma tarde, volvió a casa para preparar su equipaje.
Pensaba avisarle a Enzo, pero para su sorpresa, al salir del ascensor, lo encontró de pie frente a su puerta.
El hombre vestía un traje impecable, su alta figura ligeramente apoyada en el marco de la puerta.
Tenía la cabeza gacha, los ojos de almendra entornados y el ceño ligeramente fruncido. Una frialdad que mantenía a raya a los extraños emanaba de él. Parecía estar esperándola.
—¿Enzo?
Simona fue la primera en hablar.

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